La tormenta | Cuentos por entregas #1

Publicado por Aran en

Nuevo cuento por entregas, ‘La tormenta’, una historia sobre dos hermanos que se topan con una extraña tormenta…

Últimamente no estoy muy inspirada para escribir cuentos breves ni por entregas, así que, aunque no esté del todo contenta con como ha ido esta historia, la voy a publicar de todas formas, porque, al menos, me parece entretenida. Y de eso se trata con estas entradas, de ir publicando lo que voy escribiendo, puesto que sé que a alguien le gustará.

Espero que te guste y me comentes que te ha parecido.

¡Muchas gracias por leerme!

La tormenta
Photo by Breno Machado on Unsplash

Llega la tormenta

Nubes de un extraño color violeta se agrupaban en el horizonte, a ella le dio un pequeño mareo mientras cruzaban una solitaria carretera secundaria en busca de una gasolinera. A los lados solo había bosque y a veces prado para pasto. Pero no habían visto ni siquiera una granja en varios kilómetros. 

A lo lejos sonó un trueno como si fuera una bomba. Y poco después la luz de un rayo de color morado iluminó el cielo.

—Nos dirigimos hacia la tormenta—dijo ella mientras un escalofrío le recorría el cuerpo.

—Hay un pueblo en esa dirección. Tendrán gasolinera. Espero. 

Ella giró la cabeza y vio una señal en la que habían escrito algo que no pudo leer. 

—Espera un momento—dijo con el corazón acelerado. 

—¿Qué ocurre?

—Había un mensaje en la señal. La del nombre del pueblo. Quiero leerlo.

—No voy a dar la vuelta. Nos estamos quedando sin gasolina. 

—Deberíamos pasar de largo. No pares en el pueblo, tengo un pálpito. 

—¿Otra vez?—dijo él con preocupación. 

Ella negó con la cabeza, quería quitarse ese presentimiento de encima, quería olvidarse del terror que había sentido al pasar la señal. 

—Pararemos en la gasolinera lo necesario para poner gasolina, ir al baño y comprar algo para comer y nos largaremos sin mirar atrás. 

Ella sabía que si no lo hacían se quedarían sin gasolina antes incluso de salir del pueblo. Y no quería pasar allí más que lo necesario, como había dicho su hermano. 

La última vez que había sentido ‘algo’ que no sabía describir había terminado internada en una institución psiquiátrica, a pesar de que todo lo que había dicho, finalmente, se había hecho realidad. Y no quería recordarlo. 

La tormenta seguía escupiendo rayos en tonos morados, una tras otro, mientras los truenos sonaban como una orquesta infernal. 

—Un castigo de los dioses—dijo ella en un susurro, sin siquiera pensarlo. 

—¿Qué has…?

De repente su hermano giró el volante bruscamente para no atropellar un enorme ciervo parado en medio de la carretera, éste les miró con sus enormes ojos negros y continuó como si nada. Le vieron por el espejo retrovisor metiéndose en el bosque. 

Los dos se miraron un segundo, con el corazón acelerado, riendo de forma nerviosa de lo que se habían librado. 

—Otra señal de que deberíamos escapar de la tormenta, no ir directos hacia ella. 

—Si nos damos la vuelta no llegaremos muy lejos. 

—Si seguimos tampoco. 

—¿Has visto algo?

Su hermano intentaba entender lo que le pasaba, creía que ella era una especie de adivina que le daría los números de la lotería y le diría si debía aceptar esa oferta de trabajo, si tenía que quedar de nuevo con esa chica… Pero en realidad la cosa no funcionaba así, aunque todavía no estaba segura de como lo hacía realmente, simplemente sentía que algo iba a pasar. Generalmente nada bueno. 

Y siempre había sido así. Había aprendido a esconderlo muy bien hasta que un día explotó. No quería que volviera a pasar. 

No les quedó más remedio que continuar, ya que el coche estaba avisando con un pitido que debían poner gasolina cuanto antes. 

¿Por qué no lo habrían hecho ya? Habían pasado por una gasolinera hacía unos cincuenta kilómetros, pero en ese momento llevaban tan solo un par de horas de viaje y no querían parar. Querían llegar cuanto antes a casa. 

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Puede que nunca volvieran a casa. 

—¡Para un momento!¡Para!

Su hermano la miró asustado y paró el coche. Ella abrió la puerta y salió a vomitar en la cuneta. 

Habían estado comiendo patatas y galletas durante el trayecto y ahora lo veía todo ahí, como otro aviso caliente y repugnante. Ya iban cuatro. No podía ignorarlos. 

Aunque no podían hacer otra cosa que continuar. 

Cuando llegaron al pueblo se dieron cuenta de que no había ningún coche circulando. Tuvieron que comprobar el reloj para mirar la hora, las once y media de la mañana. Era un pueblo pequeño pero, aún así, les resultó extraño. 

Ahora la tormenta estaba encima de sus cabezas. Y aunque no llovía aún, seguía escupiendo rayos en todos los tonos de morado. Y el ruido de los truenos parecían los gritos de una bestia moribunda. 

La gasolinera se encontraba a la entrada del pueblo, era muy vieja y parecía abandonada pero aparcaron el coche al lado del surtidor y éste funcionaba. 

Ella entró en la tienda para comprar algo de comer, unas botellas de agua y refrescos. 

—¿Hola?

Había una radio en la que se oían un éxito de los cincuenta. Ella sabía que pasaba algo, aunque había creído que sería por la tormenta. En su mente un rayo les alcanzaba y acababan calcinados en la cuneta. Lo había visto. Lo había sentido. Por eso no había querido pasar bajo la tormenta. Era peligrosa. Y quería algo de ellos. 

Su hermano entró para pagar la gasolina.

—He llenado el depósito. No necesitaremos parar hasta llegar a casa. 

—No hay nadie. 

La puerta de personal estaba abierta. Él miró dentro. Nadie.

—Esto no me gusta. Dejaré el dinero con una nota y nos largamos cagando leches. Llamaremos a la policía desde el coche. 

—No hay cobertura.

—¿Qué crees que ha pasado?—él la miró, estaba realmente asustado—¿O sabes lo que ha pasado? ¿Has visto algo?

Le contó lo que ella había visto, que les alcanzaba un rayo en el coche y morían calcinados. 

—No creo que eso ocurra. He visto una iglesia con un pararrayos. 

Rieron y luego se sintieron mal por ello. Allí había pasado algo grave y no deberían hacer bromas al respecto.

Él cogió el teléfono. 

—No hay señal. 

—La verdad es que no me extraña, lo que me parece raro es que todavía haya electricidad. 

En ese momento las luces se apagaron y la música cesó. Se miraron horrorizados y cogieron la bolsa con la comida como si alguien se la fuera a robar. 

Volvían al coche cuando se levantó un viento muy fuerte. 

El pueblo tenía una luz violácea que resultaba abrumadora. Pasaron ante un colegio vacío, varias mochilas abandonadas yacían en el suelo del patio. Ella todavía podía escuchar los gritos y las risas de los niños, como si el colegio estuviera encantado. 

—¿Qué ha pasado aquí?—preguntó él. Un atronador sonido proveniente del cielo respondió por ella. 

Ella no lo sabía, y tampoco quería saberlo.

—Marchémonos. 

—Tendremos que llamar a la policía en cuanto tengamos cobertura. Podría haber ocurrido una catástrofe. 

—No creo que la policía pueda hacer nada al respecto. Lo que haya pasado ya ha pasado. 

—¿Y qué es lo que ha pasado?

—No tengo ni idea.

Miró hacia el cielo, le dio la sensación de que las nubes les observaban. Estaban esperando. Pero ¿el qué?

Continuará…

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