Una Navidad en Super Plus #2 | Cuentos por Entregas

Publicado por Aran en

La segunda parte de Una Navidad en Super Plus, un relato navideño con personajes de mi primera novela ‘Odio a Todo el Mundo‘.

Espero que te haya gustado.

¡Muchas gracias por leerme!

Una Navidad en Super Plus Parte 2

Karina sale corriendo, sus padres están en la puerta y se despiden con la mano. 

Parece un árbol de navidad andante. Se ha puesto un vestido verde que parece hecho de espumillón y unos pendientes en forma de abetos navideños que llevan pequeñas luces parpadeantes. 

—Vámonos de aquí perras — dice en cuanto cierra la puerta del coche. 

—¡Qué guapa Karina! — admite Pluma Blanca y yo asiento sin decir nada. 

—Vosotros lo vais a petar hoy, tan elegantes y atractivos. Como dos estrellas de Hollywood en un estreno importante — señala Karina. 

—Si, no en uno de esos estrenos cutres con gente mal vestida — añade Pluma Blanca y yo no tengo ni idea de lo que están hablando. Como la mayoría de las veces. 

—El sitio ya es lo bastante cutre —digo yo, pensando en que me he pasado con el modelito. 

—A mi me encanta, tienen una carta gigante — señala Karina —Tienen de todo, desde hamburguesas, ensaladas, carne, pizza, alitas, fideos, pasta…

Se pone a enumerar todo lo que lleva la carta y a mi están dando ganas de vomitar. Es de esos sitios que saldría en el programa de Gordon Ramsay. Me encanta cuando le grita a los dueños después de haber encontrado mierda de rata en la despensa. 

—Karina, elige una canción — le pide Pluma Blanca.

—Eh ¡a mi no me has dejado elegir! — protesto.

—Tu gusto musical es mas que cuestionable. No quiero que me explote el cerebro. 

Me da miedo. A ver que elige. Una de Britney. Y yo voy muriendo lentamente mientras los dos se ponen a cantar desgañitándose. 

—Tenemos que cantar juntos en el karaoke.

Pluma Blanca disfruta torturándome. 

El restaurante está en una de las salidas de la autopista y aparcamos lo mas lejos posible de los camiones. Al lado del Tixi hay un bar con billar y mas adelante un motel de lo mas feo que he visto en mi vida. Quiere parecer un sitio elegante con todo dorado, esculturas, plantas de plástico y un cartel gigante, y solo logras imaginarte a prostitutas y drogadictos en sus habitaciones. 

Al otro lado de la carretera hay un cartel en el que pone, atención: “Cuidado gays, por que estáis a un paso de ir al infierno. Aún estáis a tiempo de redimiros y encontrar el camino de Dios”

Le hago un corte de mangas. 

—El infierno tiene que ser un lugar divertido — dice Pluma Blanca. 

—Está claro. Aunque espero que no suene Lady Gaga. 

Pluma se ríe, sin embargo, se que en el fondo no le hace gracia, para él, ella es un ángel caído del cielo. 

En la entrada hay varios camareros fumando, me recuerda al supermercado. A la primera vez que fui, cuando mi entrevista de trabajo. Parece que ha pasado un siglo de aquello. 

Entramos en el restaurante, es un lugar acogedor, lo admito. Todo es de madera, como si se tratara de una cabaña de algún cazador. Lo que no me gusta es que tienen cabezas de venados, osos, zorros y demás animales colgadas de las paredes. Y cubiertas de una espesa capa de polvo. Creo que no las han limpiado en su vida. Me repugna. 

Han encendido las chimeneas y lo han decorado todo con luces parpadeantes de colores. Si, es muy hortera. 

Ya hay gente borracha cantando en el karaoke de la otra sala. Lo veo cuando uno de los camareros abre la puerta. Un tío calvo está gritando a pleno pulmón una de The Police. Se me ponen los pelos de punta, y no en el buen sentido. 

Nos dirigimos a un reservado desde no se oye el karaoke y, menos mal, no lo hubiera soportado. 

El sitio es muy grande y está medio vacío. Aunque sé que se celebran muchas fiestas importantes como bodas, bautizos, divorcios, cenas de empresa, despedidas de soltero, cumpleaños y cosas por el estilo.

Por los altavoces han puesto canciones navideñas. Todo preparado para que te sientas como una mierda. 

Yo solo había estado una vez antes, cuando mi padre cumplió cincuenta hace ya diez años. Como pasa el tiempo. Me pareció feo entonces y no ha cambiado nada. 

Y mira que me gustan las cosas feas, viejas y cutres, pero este lugar es demasiado. 

Nuestra mesa está apartada y un biombo de madera con escenas de caza dibujadas nos protege de las miradas indiscretas. Aunque a quien le importa la cena de empresa de un supermercado al que no han ido ni la mitad de los trabajadores. 

El jefe parece preocupado, ha puesto una mesa para veinte personas y allí estamos ocho. 

Veo a Bateman hablar con la encargada de la perfumería, la otra jefa de Karina. El corazón se me acelera. Lleva un jersey de esos feos navideños con un reno con gorro de Papa Noël y yo me siento todavía mas ridícula con mi vestido de diseñador francés. 

Pero es que cada uno va vestido como le da gana. La de la perfumería lleva un vestido largo de satén en color verde, parece que va a una boda. Hay otra que veo de vez en cuando con un traje de chaqueta que le queda muy apretado. Parece que le va a explotar en cualquier momento. 

Bateman se gira un poco y me mira, veo sorpresa en su rostro y luego sonríe. Yo estoy a punto de que me de un infarto, así que me siento en la primera silla libre que veo, al lado de Karina. Espero que él no se siente en la otra, miro a mi alrededor, buscando ayuda. 

—Hola Eva — se agacha para darme dos besos. 

—Hola — no digo su nombre, por que no lo sé ni quiero saberlo. 

Dicen que los nombres tienen poder y ahora me alegro de que no sepa el mío real. De que nadie lo sepa. Así nadie tendrá poder sobre mi, a pesar del magnetismo insano que siento por Bateman. 

—Que guapa estas esta noche…bueno, en realidad siempre— continúa con su enorme sonrisa.

—Tu…tu…también — respondo y bajo la cabeza esperando no haberme sonrojado. 

¡Pero ¿quién soy?! No se quien es esta extraña con vestido de firma y maquillaje que se sonroja ante la presencia de un tío bueno. Sigo siendo la misma persona que odia la navidad, el maquillaje, las convenciones sociales, las cenas de empresa, los karaokes, la caza, los trajes caros, el brillo, los jerséis feos navideños como el que lleva puesto. Enumero todas las cosas que odio para poder mirarle a la cara sin parecer una gilipollas. 

—Gracias, me lo ha regalado Isabel, la de cosmética. Lo ha hecho ella. Tiene mucho talento ¿verdad?

¿Esa tía le ha regalado un jersey hecho a mano a Bateman? El siguiente paso natural sería la boda. 

—Si, sí claro — miento. 

Estoy deseando que nos traigan la carta para poder ir al baño a vomitar a gusto. 

—Que guapo — le dice Karina. 

—Gracias, tú también. Me encantan tus pendientes.

Esto ya es demasiado. Quiero levantarme y marcharme, pero aparecen los camareros con las cartas y el jefe, que ya nos ha saludado, nos dice que podemos pedir lo que queramos. Karina está empezando a babear sobre la carta, menos mal que está cubierta de plástico, aunque la mía tiene manchas de ketchup y otras salsas. 

Como ha dicho antes Karina tienen de todo lo que puedas desear, por lo que se que nada estará ni un poco comestible. 

—Después de la cena tenemos karaoke — anuncia el jefe.

Todos aplauden. Y luego añade.

—Me da pena que no estemos todos aquí esta noche. Me gustaría que luego nos sacáramos una foto todos juntos. 

Karina y Pluma Blanca ya se están haciendo autorretratos con filtros de Snapchat y riéndose como poseídos. 

Yo, en cambio, estoy en un silencio incómodo con Bateman, ambos miramos la carta como si fuera un jeroglífico que tenemos que descifrar. 

Y de repente, pasa lo peor que me esperaba esa noche. Pluma Blanca se ha colocado detrás de nosotros y sostiene una hoja de muérdago. 

—Es hora del beso navideño — nos dice con una sonrisa de maniaco. 

Nosotros le miramos y luego nos miramos. Sonreímos y entonces Bateman se acerca a mi, veo que se ha afeitado y huele a perfume muy caro, uno distinto al de la otra vez, o será una mezcla de olores, no se. Me da un beso en la mejilla. Parece que me ha tocado un bebé. Tengo que preguntarle por su rutina de cuidado facial. 

—Eso no vale, tiene que ser en la boca. 

—Vale ya hombre. Tu ya has hecho trampa viniendo aquí con esa cosa del demonio — le digo toda borde. 

—De acuerdo— Y me da una patada en el pie. 

Casi me caigo de la silla. No quiero volver a hacer el ridículo delante de Bateman. Ya lo hago a diario. Hoy es un día especial ¿por qué me importa tanto hoy? ¿estoy siendo poseída por una chica ‘normal’ o qué? Sea lo que sea ser normal. 

—Ha sido bonito — me confiesa Bateman una vez que Pluma ha vuelto a su asiento. 

Yo sonrío, se que tengo sonrisa de psicópata, así que mejor miro para otro lado.

—¿Qué vais a pedir? — pregunta Karina. 

Yo miro la carta inacabable, y veo que no tienen opciones veganas. Por que no me sorprende. 

—No sé, una ensalada.

—Que aburrido. 

—Yo creo que pediré el ceviche de marisco — añade Bateman. 

Como no, que sofisticado. La cosa mas rara de toda la carta, ni siquiera se lo que es. 

—Pues yo todavía estoy indecisa. 

—Yo voy a pedir pasta boloñesa — dice Pluma. 

En medio de la comida el jefe se pone a hacer un brindis y empieza a enumerar nuestras fortalezas o algo así, habla del trabajo en equipo, de lo buenos que somos todos juntos y mierdas de esas que no se traga nadie. Al menos yo. 

Todos brindan por la amistad y yo hago lo mismo. Empiezo a bostezar. No creo que haya sido buena idea venir a este rollazo de cena. Incluso el beso de Bateman no ha merecido la pena. 

La ensalada está asquerosa, no es mas que lechuga y tomate pocho. 

Veo que Bateman apenas a tocado su plato. No debe de estar muy bueno. 

Un par de personas están ya borrachas y se ponen a cantar villancicos, me dan vergüenza ajena. Voy al baño. 

Es gigante y también está recubierto de madera. No hay nadie por que el restaurante está medio vacío. Me apetece encenderme un cigarrillo, pero no he traído y, además, ahí no se puede fumar. 

Me siento en el wáter, al menos está limpio y huele a desinfectante. Algo bueno que tiene este sitio tan cutre. 

Después de diez minutos en lo que he estado contemplando la posibilidad de ir al desierto a ver si vuelvo a ver algo, un rayo de esperanza de vida en otro planeta. De vida inteligente en algún sitio, ya que parece que en la tierra no hay. 

No se ni como a estas alturas de la película todavía no nos hemos extinguido. 

Por los altavoces del baño escucho la horrible música navideña. 

Al menos estoy sola, nadie ha venido a interrumpirme. Hasta que oigo que se abre la puerta. 

¡Joder! 

—¡Eva! ¿estás cagando? — Me pregunta Karina. 

Doy a la cisterna y salgo. 

—Si ¿qué pasa?

—Vamos a pedir postre. No querrás perdértelo, ¿verdad?

—¿Para eso has venido? 

Me lavo las manos mientras Karina me dice todo lo que hay en la carta de postres, desde macedonia hasta tarta de queso, pasando por profiteroles, tiramisú, tarta de chocolate, de manzana, natillas, creme brulée, flan y un largo etcétera de dulces, solo con escucharlo ya se me han caído varios dientes. 

Pero ella está tan emocionada que no puedo interrumpirla, parece una niña en una tienda de caramelos y estamos casi en navidad. Voy a dejar mi amargura para mis ratos a solas. 

El caso es que da igual por que ya han traído un postre a la mesa, se trata de una tarta gigante con un Papa Noël grotesco con un reno que podría ser una rata dibujados en la crema. Karina parece emocionada mientras el jefe va repartiendo los trozos. 

Bateman me pasa un plato y nos rozamos la mano durante un segundo, me mira, le miro. Esto no es una puñetera película romántica navideña en la que una ejecutiva de la gran ciudad tiene que volver a su pueblo cutre por navidad y allí tiene que convivir con un atractivo extraño que ha comprado la casa de sus padres, pero ha habido un lío y el banco no ha recibido los papeles o mierdas de esas sin ningún sentido, así que tienen que pasar las fiestas juntos. Al principio no se soportan, se odian a muerte y se ponen trabas y cosas así. Al final los dos acaban enamorados, reformando la casa y casándose en el jardín la primavera siguiente. 

Si habías venido a leer eso, siento decepcionarte. Bueno, en realidad no lo siento. La vida real no son cuentos de hadas, ni siquiera lo fue el de Carlos y Lady Di, así que no lo pidas a mi, que tan solo son una paria con un amor platónico imposible. 

Yo no soy quien ha puesto las expectativas altas en cuanto al amor romántico, culpa a Disney y a Hollywood. Ellos inventaron ese amor edulcorado y perfecto que siempre triunfa contra viento y marea. 

Yo no creo en ese tipo de amor ¿te sorprende? Es mas falso que mi sonrisa ahora mismo. 

Todos están comiendo tarta y yo solo con mirarla tengo una sobredosis de azúcar, y hoy no quiero morir. No en el Tixi. 

—Hoy me salto la dieta — me dice Pluma comiéndose mi trozo. 

Bateman tampoco la ha probado. Seguro que también está a dieta, pero él no se la salta. Tiene mucha fuerza de voluntad, me fijo en sus brazos debajo del jersey rojo ¿qué estoy haciendo? Esa no soy yo ¿O si? Y no lo sabía. 

Después de la cena nos toca karaoke ¡yupi! Sabes que no lo digo en serio, ¿verdad? 

Karina y Pluma Blanca están mas emocionados que en toda su vida. No paran de saltar y cantar, creo que se debe también a que se han comido unos trozos enormes de tarta, ya que apenas a quedado nada y era para veinte. 

En el karaoke hay un par de borrachos cantando a Los Eagles, mas bien, desafinando. Si no acabo sorda esta noche será un milagro navideño. O si no me vuelvo loca de remate. Puede que ocurran las dos cosas. 

Todos empiezan a elegir las canciones que van a ejem ‘cantar’ y yo me quedo sentada esperando que esta tortura acabe cuanto antes. Pluma Blanca me tiene que llevar de vuelta a casa, espero que antes de las doce, así no me convertiré en calabaza. 

—¿Qué vas a cantar Eva? — me pregunta mi jefe. 

Le miro como si me acabara de encontrar con un marciano. 

—Nada — respondo. 

—Venga ¡en la noche de karaoke todo el mundo canta! Debe de haber alguna que te sepas o que te guste mucho. 

—Miraré ahora — miento. 

No me apetece cantar delante de Bateman. Aunque tengo curiosidad por ver que ha escogido él ¿una de Huey Lewis And The News? ¿O de Phill Collins? Se me sigue yendo la olla. 

Karina y Pluma Blanca van a cantar una a dúo. La canción navideña de Mariah Carey, se creen que están en una película romántica y tienen coreografía y todo. Creo que han estado ensayando en secreto. Yo me quedo con cara de póker mientras ellos se dejan los pulmones tratando de afinar sin éxito. Al menos se lo pasan bien. 

Bateman se ha sentado a mi lado y vitorea y se ríe. No quiero mirarle. Tengo que recordarme que esto no es una película romántica. Es la vida real. Y en la vida real, el amor romántico no está hecho para gente como yo. O yo no estoy hecha para ello. Solo en mis fantasías. 

Si hicieran una película sobre mi vida seguramente escogerían a una actriz guapa y la afearían con maquillaje, para al final, hacerle uno de esos cambios de look en donde se ve su belleza real. Es lo que hacen en todas las puñeteras películas. La fea nunca es realmente fea. Es una tía guapa con el pelo sucio, gafas, aparato y un vestuario horrible. Ese es el ideal de fealdad del cine. Tan irreal como el de belleza. 

—¿Qué tal lo hemos hecho? — me pregunta Karina sentándose a mi lado.

—De coña — digo. No quiero mentir ni decir la verdad ¿qué dices en esos casos? 

—Guay.

—Gente, amo cantar. Debería ser cantante ¿no creéis? Y hacer un dúo con Lady Gaga — dice Plumita.

—Claro, tienes talento — responde Karina. 

—Aha — decimos Bateman y yo a la vez y luego nos reímos. 

—Ya veremos como cantáis vosotros — añade Pluma algo molesto, aunque se le pasa enseguida. 

Ahora le toca el turno al jefe y se va a poner a cantar ‘Starman’ de David Bowie. 

—¿Cuál vas a cantar tú? — me pregunta Bateman.

—Todavía no lo he decidido — Traducción: ‘Nada’.

—¿Quieres cantar conmigo? — me pregunta. 

Seguro que canta bien de verdad, con esa voz tan masculina y profunda. Quiero dejar de tener esos pensamientos intrusivos ¿algún consejo? Seguro que ha elegido ‘Psycho Killer’ de Talking Heads. Si lo ha hecho me voy a quedar de piedra. 

Ahora la de cosmética está cantando con una de administración, ‘Like a Prayer’ de Madonna. 

—‘Take on Me’ de A-Ha ¿te la sabes? 

Un éxito de los ochenta, no me sorprende. 

—No me la sé — No tengo ni que mentir. La he escuchado, está bien pero no es de mi estilo. 

—Está bien. 

Parece decepcionado. Karina me da un codazo muy fuerte en las costillas cuando él se levanta y me mira con cara de cordero degollado. Esas tácticas no funcionan conmigo ¿todavía no se ha dado cuenta?

Coge el micrófono y dice:

—Esta canción se la dedico a una persona muy especial — Y me mira. 

Espero que nadie se haya dado cuenta. Yo quiero desaparecer. Que me trague la tierra, que me abduzcan de una vez los extraterrestres y me lleven a su planeta, en esta galaxia o en otra, me da igual. Por favor Papa Noël, es lo único que pido este año. Y he sido muy buena, no me he metido con nadie en persona. Tampoco he robado y solo he dicho mentiras piadosas, mas que nada para no herir sentimientos. Soy una santa. 

Pluma Blanca me da con el pie, y me mira con su cara de pillín mientras Bateman sigue cantando, y aunque no es como me imaginaba, canta bien. Mejor que todos los demás ¿hay algo que no haga bien? 

Karina está bailando como una striper a pesar de no va nada con la canción. Me hace gracia. Lo está viviendo, hasta que se acerca a nosotros. Tiene muy mala cara. 

—No me siento bien — logra decir antes de vomitarme encima. 

Sobre mi vestido de Yves Saint Laurent. Pluma Blanca la sigue y vomita sobre el jersey feo de Bateman, que acaba de bajar del escenario muy orgulloso de su interpretación.

Ahora el jefe y las otras compañeras están vomitando también y a mi me dan arcadas, pero es por verles echarlo todo. Yo no me siento mal. 

Bateman y yo estamos rodeados de vómito. Es tan asqueroso que no quiero ni mirar ni hablar de ello. 

Karina está llamando a sus padres y asegura que les llevaran a todos a casa. Los demás se lo agradecen. 

—Es mejor que huyáis mientras podáis — nos dice Plumita, tiene la cara casi verde. 

—¿Te llevo a casa? — me pregunta Bateman. 

Todos siguen vomitando a nuestro alrededor y yo me alegro de que lo haya hecho. Me refiero a preguntado, no a los demás vomitando. Vemos a los camareros con fregonas intentando limpiar todo ese desastre y alguno que otro se pone a vomitar también. 

Bateman me toma de la mano y corremos hacia la salida, recogemos nuestros abrigos y salimos cuando está empezando a nevar, un milagro navideño puesto que en este pueblucho de mala muerte nunca nieva. No me había dado cuenta del calor que hacía ahí dentro. Me estaba asfixiando. 

Nos dirigimos al coche, él sigue agarrándome la mano y yo no me he apartado. Pero no es tan romántico como parece, olemos a vómito. Y nos estamos mojando. 

Y por alguno extraño motivo no quiero subir al coche, no quiero que la noche termine. Y él me pregunta. 

—¿Quieres hacer algo? 

Y yo asiento. 

—Largemonos de aquí. 

Me siento en el asiento del copiloto y abro la ventanilla. El coche ya empieza a oler a vómito. Ambos nos miramos y nos reímos. 

—Casi vomito yo también —me confiesa.

—Creo que ha sido la tarta con el Papa Noël siniestro y el reno rata. 

Él se ríe. 

—A mi me han parecido unos dibujos muy monos. 

—Si, para un niño daltónico de tres años. O, mas bien, alguien como yo. 

Vuelve a reír. 

Al poner la llave empieza a sonar ‘Holding Out for a Hero’ de Bonnie Tyler. Me gusta que al menos no sea una canción navideña. 

—¿Adónde vamos? —me pregunta. 

—Tu arranca. 

No quiero pensar, solo sentir. Y que sea lo que quiera el destino.

Soñar es gratis. Y mas en navidad. 

Fin


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