El retrato parte #3 | Cuentos por entregas

Publicado por Aran en

Tercera y última parte del cuento por entregas ‘El retrato’, que he escrito especialmente para Halloween ¿Qué secreto guardará el cuadro?

Para leer la primera parte, para la segunda.

Espero que te guste.

¡Muchas gracias por leerme!

El retrato parte #3
Photo by Nicola Nuttall on Unsplash

El retrato

—No la esperaba a usted señorita Price —dijo una voz a su espalda. 

Ella se dio la vuelta para ver a un anciano acompañado de un joven muy parecido a él. A pesar de que llevaba bastón, el joven le sostenía el otro brazo, temiendo que se fuera a caer. 

—Mi nombre es Gregory Talbott, y éste es mi nieto Gregroy Talbott III, Greg. Estamos encantados de que esté aquí. 

—Usted ya sabe quien soy y lo que ha pasado. 

—Si su padre no está aquí, me lo puedo imaginar. No creía que fuera tan rápido esta vez. Se ha dado prisa. Lo siento mucho señorita Price, mi más sentido pésame. 

El hombre hablaba de manera pausada y parecía que le costaba respirar. 

—Gracias —dijo intentando no llorar. 

—Por favor, vayamos fuera, hoy hace un día espléndido. 

Pasaron por un corredor de cristal y llegaron a una terraza desde que se veía casi toda la propiedad. 

—Este lugar es maravilloso señor Talbott. 

—Muchas gracias. Lleva en la familia desde hace mucho. 

Una criada les sirvió el té y Christine se lo agradeció. No se atrevía a preguntar aunque quería saber que es lo que había pasado y como era posible. 

—He quemado el cuadro. 

Los dos hombres se miraron con horror. 

—No lo ha hecho —dijo Greg. 

—Si que lo he hecho. No me ha quedado otra opción —respondió con un nudo en la garganta. 

—Cuando vuelva a casa el retrato estará entero. Ya lo verá —dijo el viejo. 

Christine no dijo nada. Todavía no había terminado de procesar lo que había ocurrido. 

—Es una larga historia señorita Price. 

—Quiero oírla toda. Mi padre ha muerto y quiero saber quien lo ha hecho, y por qué. 

El anciano comenzó a relatar su historia mientras Christine veía como el cielo cambiaba de color, pasaba del azul al rosa y dorado y luego al azul oscuro cubierto de estrellas. 

—Todo comenzó hace sesenta años. Yo era un joven estudiante en la universidad. Me gustaba mucho el arte y todo lo relacionado con el ocultismo. Una noche, uno de mis profesores nos invitó a varios alumnos y a mi a su casa, allí nos enseñó su última adquisición. Un retrato del siglo XVIII de un hombre al que ninguno de nosotros conocíamos. 

Era extraordinario, estaba hecho con mucho detalle, ya lo ha visto señorita Price, es un cuadro fascinante. Y en eso radica su poder. 

Ahí comenzó todo. 

Una fría mañana de otoño, mi querido profesor no apareció por clase y yo, preocupado, fui a hacerle una visita. Parecía que no había nadie en casa, así que, al ver que estaba la puerta abierta, entré. El lugar estaba silencioso, como una tumba, pero yo notaba algo extraño, así que subí. Mi profesor estaba en su despacho, tenía un aspecto horrible, estaba pálido y con una expresión de horror en su rostro. Había muerto de miedo. Yo me giré y vi el cuadro, lo último que vio antes de morir. Si no lo hubiera visto antes no habría encontrado nada raro en la expresión de ese hombre, en su mirada. Pero si lo había visto, de hecho, lo había estado analizando. Y había cambiado. Parecía más joven y su sonrisa daba…escalofríos. 

Encontré una nota del profesor, la estaba escribiendo antes de que…de que aquel hombre…ponía que había que deshacerse del cuadro, que estaba maldito. Yo no lo dudé ni un instante. Así que lo cogí y me lo llevé para tirarlo al río. 

Todo el mundo estaba tan conmocionado por la repentina muerte del profesor que nadie se dio cuenta de que el retrato había desaparecido. 

No volví a ver ese horrible cuadro hasta un par de años más tarde, aunque no lo había olvidado. Fue en una tienda de antigüedades de Londres, estaba en el escaparate, le pregunté al dueño como es que lo tenía y me dijo que un hombre se lo había traído hacía unos meses, aunque no pudo decirme su nombre, pues lo hizo de forma anónima. Lo compré, puesto que, a pesar de tenerle miedo, quería analizarlo, quería comprobar que, tanto el profesor como yo no estábamos locos. 

Contraté a un experto en arte para que me ayudara a identificar al pintor, estuve trabajando con historiadores para ver si reconocían al retratado. Hablé con médiums para ver si el cuadro estaba poseído. Hice todo lo posible por hallar respuestas. 

Mientras tanto, yo viajaba mucho por trabajo, y me dediqué a comprar objetos considerados ‘malditos’ en todas partes del mundo. Obras de arte, muñecos, fotografías, libros, joyas…todo tipo de cosas con historias malignas detrás. 

Cuando volví, dos de mis ayudantes habían dimitido y otro había muerto en un accidente, no importaba que medidas se tomaran, el cuadro siempre encontraba la forma de matar.  Creo que así se hace más fuerte para…para…salir. Pero eso no era todo, el retrato había desaparecido y solo encontré varias notas sobre lo que habían averiguado. 

En ellas decían que el hombre retratado era un duque siniestro, del que borraron el nombre en los registros. Un hombre perverso y maligno que hizo tratos con el diablo para alcanzar la riqueza y la eterna juventud. Un hombre capaz de cometer los actos mas atroces para conseguir sus objetivos. No sabemos su nombre ni el del pintor, aunque algunos análisis aseguraron que había sangre humana mezclada con la pintura. Creemos que la propia sangre del duque, que hizo lo imposible para ser inmortal. En un libro leí que en el siglo XVIII había un brujo en la corte que además era artista y cumplía los deseos de quien le pagara bien con obras de arte. No hemos encontrado nada sobre él, creemos que puede tratarse tan solo de una leyenda, no tenemos constancia de otras obras de arte como esta…Y sabemos que firmaba con unos extraños símbolos. Pero nada mas.

La hemos estado buscando durante años, leyendo las noticias de todas partes del mundo; buscando muertes extrañas, coleccionistas que han aparecido muertos, o incluso hemos mirado en pequeños museos, casas de subastas o galerías de arte. En todas partes. No sabemos como llegó a la casa de subastas, tendremos que investigarlo. 

El hombre pausó un momento, parecía realmente compungido. Su nieto le tocó el brazo con cariño. 

—Me dio la sensación de que ya no era peligroso. No sé por qué, no parecía que hubiera matado a nadie durante mucho tiempo. Era como si hubiera estado años dormido. O sin fuerzas. No sé cual es su motivación, no sé que gana con eso. Siento mucho lo que le ha ocurrido a tu padre. Es una desgracia. Y además el cuadro no se puede destruir. Lo intentamos.

—Ya es fuerte. Ya ha podido salir —añadió Christine tras haber escuchado la historia. No podía dejar de pensar en eso. 

—¿Cómo dice señorita Price?

—Le vi, anoche. Estaba en mi dormitorio. 

El anciano y Greg se miraron horrorizados.

—Usted y su familia corren peligro si no me traen el cuadro. Lo guardaremos en lugar seguro.

—Pero entonces ¿no será peligroso para ustedes? 

El hombre se levantó y su nieto le cogió del brazo. 

—Venga conmigo, quiero enseñarle algo. 

Christine les siguió por un pasillo lleno de esculturas de dioses y cuadros de antiguas batallas. 

Allí, al fondo del pasillo, había una pesada puerta de hierro. Como si fuera la de una enorme caja fuerte. El anciano movió una pequeña palanca haciendo un extraño símbolo, su nieto y él metieron una llave y después giraron varias veces un pestillo. La puerta se abrió haciendo un extraño crujido. 

Ahí dentro parecía un museo. Y hacía mucho frío. Todos los objetos estaban guardados en urnas de cristal en las que había dibujados símbolos. Tenían cuadros famosos, muñecas de trapo, relojes de bolsillo y tiaras de diamantes, un violín, unas zapatillas de ballet, un silbato, libros y muchas otras cosas, algunas de lo más mundanas como una cuchara de palo. Todas tenían un nombre, una fecha, un lugar y un número. 

—¿Cómo sabe que todo esto está maldito? 

—Sus historias, lo que cuenta la gente. 

—La personas también pueden mentir. 

—Lo sé. Pero siempre me dan este objeto para que me deshaga de él. Sin pedir nada a cambio. Solo que los destruya. Eso dice mucho. Algunos son muy valiosos, como ese violín por ejemplo.

El hombre señaló el instrumento, en la placa ponía ‘Violín Stradivarius. 1839. Praga. 9034’. Quería preguntar que había hecho el violín, pero no pudo, tenía miedo. Miedo de saber. 

Christine observó con curiosidad aquella variedad de piezas. Y no pudo evitar de a que su padre le hubiera encantado estar ahí, haber conocido al señor Price y a su nieto, haber escuchado la historia del cuadro. Las lágrimas recorrieron sus ojos. Greg le ofreció su pañuelo. 

—¿No se pueden destruir? 

—Me gustaría analizarlos cuando la tecnología vaya avanzando. Quizás haya formas de exorcizarlos de alguna manera en el futuro. De devolverles a lo que eran. Simples objetos.

—Podríamos destruirlos —añadió su nieto— de hecho, algunos han sido calcinados por el fuego. Aunque hay otros que se resisten, que siempre vuelven, que son indestructibles. Como su cuadro. 

—Tendría que haber insistido más con tu padre. Lo siento mucho. Cuando vi que había invitado a tanta gente a su casa me asusté. No sé, si hubiera entrado…

—No es culpa suya, mi padre es…era muy cabezota, no le hubiera creído hasta no verlo con sus propios ojos. 

Christine no podía creer que estuviera ahí, cuando hasta hacía un par de días no había ni oído hablar de ese retrato. Le pareció que estaba viviendo una terrible pesadilla de la que solo quería despertar. 

—¿Así que el cuadro se quedará aquí para siempre? ¿y no podrá dañar a nadie más? 

—Si, exacto —dijo el anciano —Estos símbolos que ves dibujados sobre las urnas son de protección. Impedirán que sea lo que sea que los mantiene malditos salga de ahí.

—¿De verdad funciona?

—Hasta ahora, sí. Los encontramos en un viejo libro de hechizos hace muchos años. Ese libro de ahí.

Y señaló otra de las urnas. 

—Pues está en el coche, no se ha quemado. Cuando iba a salir de casa mi madre me ha llamado, estaba histérica, y me ha enseñado el cuadro colgado de nuevo encima de la chimenea, con las manos manchadas de sangre, con esa sonrisa malvada…

Christine casi se desmaya pero se sujetó a la pared y se mantuvo en pie hasta que el joven Talbott le trajo una silla. 

—Bien, bien señorita Price. Ha hecho bien en traérnoslo —dijo el anciano —, ya ha causado demasiado dolor. Es hora de que cumpla condena. No saldrá de aquí nunca más. 

Fin


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