El retrato parte #1 | Cuentos por entregas

Publicado por Aran en

Como estamos en octubre he decidido publicar un cuento por entregas de misterio. Me he inspirado en los típicos relatos sobre cuadros malditos, como ‘El hombre del cuadro’ de Susan Hill o ‘El virus de la carretera viaja hacia el norte’.

Es una historia que he escrito en un par de días, así que no es perfecta, ni siquiera ha terminado como había pensado en un primer momento. Iré publicando las otras dos partes los siguientes domingos de octubre.

Espero que te guste y que me comentes que te ha parecido.

¡Muchas gracias por leerme!

El retrato
Photo by Chantal Garnier on Unsplash

El retrato

La casa de los Price era considerada una de las mansiones mas hermosas jamás construidas. No solo tenía una fachada cubierta de wisterias, que alcanzaban todo su esplendor y belleza en primavera, si no que también asomaban esculturas de rostros escondidas entra las flores. A las visitas les gustaba jugar a encontrar el rostro de la ninfa, de la novia o el del reverendo. Había mucho donde elegir. 

Los Price también eran destacados coleccionistas y tenían entre sus muros valiosas obras de arte tales como esculturas, objetos curiosos y, por supuesto, pinturas. Las más importantes estaban colgadas en las grandes salas como el salón, el comedor, la sala de visitas o la biblioteca y así, podían ser contempladas por sus invitados. Las más modestas colgaban en zonas menos visibles, pero aún así, todas juntas formaban un auténtico museo. 

Por supuesto, los Price siempre tenían invitados en la mansión. Al padre, Barrington, le encantaba recibir a personas eminentes, ser el mejor anfitrión mientras tanto él como su esposa, Julianne, buscaban un buen esposo para su única hija, Christine. 

Eran bien conocidas sus fiestas, bailes y veladas con artistas de renombre. 

A Barrington Price además le encantaba acudir a subastas y comprar obras de personas desconocidas, además de cuadros, esculturas, objetos decorativos en forma de jarrón o de reloj de pared, entre otras muchas cosas.

En una de esas subastas encontró un retrato de un hombre que le pareció de lo más curioso. El cuadro era de un anónimo y se trataba de un joven vestido de negro, con peluca blanca y la mano en el pecho, en la que se veía un anillo con una piedra negra. Pero lo más fascinante no eran el rostro de ese joven, cuyos ojos parecían mirarte y cuya expresión mostraba una media sonrisa de satisfacción, como si hubiera logrado algo importante bajo manipulación. Lo más fascinante era el paisaje que tenía detrás. Eran las ruinas de una abadía, en medio de un bosque. A Barrington le parecieron las mismas ruinas que había en una de las mansiones vecinas, una mansión que se quemó hacía unos cuantos años. La pintura estaba realizada con tal detalle que Barrington se emocionó. Era una obra magnífica, única en el mundo y de un artista desconocido. Valía mucho más de lo que pedían en un primer momento. Era una obra extraña y fascinante, algo que nadie más tendría en el mundo. Muy valiosa. 

Solo otro hombre pujó por el retrato, ambos se metieron en una encarnizada lucha por el bien, a aunque parecían los únicos interesados de toda la sala. 

Barrington fue el último en alzar la mano, y con una sonrisa de suficiencia miró hacia ese otro hombre, que parecía desesperado. 

Cuando acabó la subasta tenía dos cuadros mas en su poder, además de una pequeña escultura de un diablo. 

Al salir, el extraño hombre le esperaba en la puerta, no dejaba de secarse con un pañuelo la sudada frente y estaba rojo, a Barrington le pareció que le estaba dando un ataque. 

—Disculpe señor Price, mi nombre es Alfred Smith —dijo entregándole una tarjeta de visita. 

—Encantado señor Smith —respondió cogiendo la tarjeta. Después se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. 

—Ese cuadro que ha comprado, el retrato del joven desconocido. Mi cliente lo quiere, es un asunto muy urgente.

—Claro, por eso ha estado pujando. Siento que lo haya perdido, pero ahora el cuadro es mío. Y no me ha salido barato.

—Le daremos el doble. 

—¿Por qué no lo ha hecho ahí dentro, en la sala?

—Le he visto la mirada, quería ganarlo, quería conseguirlo a cualquier precio señor Price ¿me equivoco? 

—En absoluto señor Smith. Hubiera estado ahí dos horas para conseguirlo, incluso todo el día. O toda la semana. Es una obra magnífica y original. Perfecta para mi colección. 

El señor Smith miró hacía la calle, afuera llovía y el tráfico era cada vez más intenso, mientras se iban encendiendo las farolas que daban una luz trémula. 

—Siempre consigue lo que quiere ¿no es así? 

Barrington no respondió. Le miró como quien mira a un animal en un zoo y se dispuso a coger el paraguas para salir. 

—Por favor señor Price. Le suplico que se lo piense. Este es un asunto importante. No puedo explicarle los detalles aquí…

—Me habla usted con enigmas, como si ese cuadro fuera un Rembrandt perdido cuando está claro que no lo es. No es una obra de gran valor. No sé por que tanto interés. 

—Ya se lo he dicho, para mi cliente tiene mucho valor sentimental. 

—No me lo ha dicho y, cualquier caso, me da igual. Si me disculpa.

El hombre le cogió del brazo y Barrington le miró con horror. 

—Por favor, hable con mi cliente. Él le contará todo, la historia del cuadro, del hombre que está retratado, del pintor…Todo. Y usted podrá decidir entonces si se lo queda o se lo compramos por el precio que pida. 

Barrington ahora le miraba con suma curiosidad. 

—Mi familia y yo estaremos en Londres toda la semana. Que su cliente venga a cenar a nuestra casa pasado mañana y hablaremos del cuadro. 

Ahora fue Barrington quien le entregó una tarjeta al señor Smith y éste se lo agradeció con un sonrisa. 

Al día siguiente los Price recibieron en su mansión de Londres el retrato. Se lo iban a llevar a su casa del campo, pero Barrington quería verlo colgado, así que lo puso en su despacho, encima de la chimenea, en el lugar que había ocupado una escena de caza que había sido de su abuelo, un hombre que no tenía ni idea de arte. 

El cuadro, con sus claroscuros, su sombra, la sonrisa perversa del hombre…quedaba perfecto en aquel rincón de la casa. Sobre el fuego. 

—Vaya, que hombre tan apuesto papá —dijo Christine cuando Barrington les enseñó el retrato a ella y a la señora Price. 

—Querido, es una obra magnifica ¿quién es el artista? —preguntó Julianne, entusiasmada. 

—Es anónimo. No está firmado ¿lo ves? —dijo Barrington señalando la esquinas del cuadro —Aquí solo pone la fecha 1788. 

—¿Y el hombre retratado? Parece alguien de la nobleza. 

—Tampoco lo sé. Pero, ah, se me olvidaba, va a venir a cenar el otro hombre que pujaba por él. No el abogado que estaba allí, si no su cliente. 

—¿Cuando?

—Mañana por la noche. Espero que no te importe querida, parecía muy interesado en que le vendiera el cuadro. A cualquier precio. 

—¿Tan valioso es? 

—No, pero según me contó el señor Smith, el abogado, su cliente conocía la historia del hombre o del artista, algo así. 

—¡Que interesante! Me encantará conocerle ¿te dijo como se llamaba? 

—No pregunté. 

Se dio cuenta de que había invitado a un extraño a su casa, aunque lo hacía constantemente, en especial cuando daba alguna fiesta. Decidió que invitaría a algunos amigos para que vinieran a cenar esa noche y que conocieran al hombre que estaba tan obsesionado con el retrato. 

La noche siguiente llegó y aparecieron todos los invitados del señor Price. Estaba nervioso por que quería conocer al otro pujante en persona y saber más acerca de la obra de arte que acababa de adquirir. 

No se dio ni cuenta de que se había quedado mirando el retrato fijamente, esperando que el mismo le revelara sus misterios. 

Sus invitados iban pasando a su despacho para admirar la adquisición. Estaba siendo una velada de lo más entretenida, todos tenían un nuevo tema de conversación y a Barrington le encantaba escuchar que hablaban del cuadro, del joven hombre que lo protagonizaba, especulaban con quien sería, que habría hecho, quien era el pintor con ese gran talento, tenía que ser uno famoso. 

Toda la charla giraba en torno a eso. 

El extraño, al que todos esperaban con ansia, no apareció, pero, a media noche Barrington recibió una breve nota ‘Nos vemos mañana en mi casa, un coche le recogerá’. Ni siquiera estaba firmada. Se la enseñó a los invitados, a los que les encantaba el misterio. Alguno creyó que se trataba de una pantomima, aunque la mayoría aplaudió la iniciativa. 

—No deberías ir solo Barrington —dijo una mujer — No sabes sus intenciones. 

—Quizá quiera robarte el cuadro —añadió un hombre. 

—O puede que sea un vampiro —soltó otro, a lo que siguieron unas carcajadas. 

Barrington no tenía por que sospechar de aquel hombre, pero, aún así, se dirigió a su despacho a hacer una llamada. Pidió a la operadora que le pusiera con el abogado. No creía que estuviera en su despacho a esas horas, pero no perdía nada por probar. 

—¿Dígame? —dijo al otro lado. 

—¿Señor Smith? Soy Barrington Price. Verá, su cliente no ha aparecido hoy en la cena y me ha enviado una extraña nota. 

Se la leyó y le comentó que tenía invitados que deseaban conocerle tanto como él. 

—Seguramente haya visto la cantidad de gente que había en su casa y ha decidido no entrar. 

—¿Se puede saber por qué haría tal cosa? Solo he invitado a unos amigos, quería que vieran el cuadro y que conocieran su historia. 

—No debería haberlo hecho señor Price, ha cometido un grave error. Y yo también, al no haberle advertido. Mi cliente es una persona muy reservada. Pero no se preocupe, acuda mañana a la cita si así lo desea. 

—¿A qué se refiere? ¿de qué no me advirtió? Y ¿Cómo que si así lo deseo? Es su cliente quien está empeñado en comprarlo. Le recuerdo que el cuadro es mío. 

—Pero usted tiene curiosidad ¿cierto? Quiere saber por qué mi cliente desea adquirirlo, quien es el retratado, que es lo que pasó. Y que es lo que le puede pasar. 

—Si…yo…

—Entonces estoy seguro de que no sentirá defraudado en absoluto. Y, por favor, guarde el retrato en lugar seguro hasta que conozca los detalles y pueda tomar una decisión. Hágame caso y no se arrepentirá. 

Colgó con una extraña sensación en el estómago. Podía escuchar las risas y las conversaciones en el piso de abajo, pero lo sentía todo muy lejano. 

Continuará…


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