Perdidos en la nieve | Cuentos breves #40

Publicado por Aran en

Último cuento breve del año. Se me están acabando las ideas así que voy a dejar de escribir cuentos breves una temporada.

Espero que te guste y me comentes que te ha parecido. También tengo algún que otro cuento por entregas si quieres leer algo mas largo.

¡Muchas gracias por leerme!

Perdidos en la nieve
Photo by TORSPOMEDIA on Unsplash

Perdidos en la nieve

La nieve parecía nata montada, cubriendo todo el paisaje con su deliciosa blancura. Había estado nevando sin tregua toda la noche y ahora el lugar parecía el hogar de Papa Noël.

El camino al colegio estaba totalmente cubierto, por lo que ese día se quedarían en casa, aunque no durarían mucho, ya que tenían muchas ganas de salir a patinar y tirarse bolas de nieve. 

Así que después de desayunar, los dos hermanos salieron a jugar con sus vecinos. El bosque estaba muy cerca de las casas y tenían prohibido internarse en él, corrían muchas historias sobre lo que se escondía en su interior, en el lugar donde los árboles no dejaban pasar la luz, ni los pájaros cantaban. Donde siempre era de noche. Donde cualquier cosa podía pasar. 

Los niños sabían que no debían siquiera acercarse, que había un peligro oculto, pero como nunca lo habían visto no tenían ningún miedo. Algunos incluso creían que se trataba de una mentira que le contaban sus padres para que no se perdieran en las profundidades de la arboleda. 

Estaban jugando a tirarse bolas de nieve y esconderse los unos de los otros cuando la pequeña Clara escuchó un susurro proveniente de los árboles. Miró hacia la espesura, que estaba también cubierta de blanco, como en su cuento de hadas favorito. 

Escuchó su nombre, un susurro. Y al mirar, le pareció ver a una princesa vestida de blanco y plata. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, que achacó al frío. Era una princesa, y las princesas eran buenas, cantaban y ayudaban a los demás. Lo había visto muchas veces. 

Se acercó al bosque, esperando que se hicieran amigas. Sabía que no debía hacerlo, que sus padres se enfadarían, aunque no podía evitarlo. La estaba llamando a ella, solo a ella. Debía ser especial. 

Su hermano David, ajeno a lo que estaba viendo Clara, seguía tirando bolas de nieve a sus amigos, riendo y corriendo de un lado para otro.

Cuando miró hacia donde había estado su hermana, solo vio unas huellas dirigiéndose hacia la linde del lugar prohibido.

—¡Clara!—gritó, y sus amigos se acercaron a ayudarle. Todos se pusieron a llamarla a gritos. 

—¿Por qué ha entrado? Ha escuchado las historias, sabe que se debe entrar bajo ninguna circunstancia. —dijo uno de sus amigos.

—Es muy pequeña. Habrá visto un animal y lo habrá seguido. —respondió David. 

—Yo no me creo las leyendas, nunca hemos visto nada. Ni siquiera en verano, cuando hago excursiones con mi padre y mi hermana mayor. —añadió su amiga. 

—Cuando vas con adultos no pasa nada. 

—Hace años que no desaparece ningún niño. 

—Tenemos que avisar a mi madre. Ella sabrá que hacer. 

Entonces escucharon la voz de su hermana, a lo lejos, en el bosque. Se estaba riendo. 

—¡Clara! ¡Sal de ahí!—gritó su hermano. 

—Es mejor que vengáis vosotros. No es tan malo como dicen papá y mamá. En serio. Esto es guay.

Los amigos se miraron entre sorprendidos y asustados. David quería ir a buscar a su hermana y sobre todo, quería ver que era eso tan maravilloso. Siempre le había picado la curiosidad. 

Se quedaron pensativos un momento, decidiendo que hacer. 

—¡Tenéis que ver esto!—gritó Clara desde muy lejos. 

Así que, sin pensárselo dos veces, todos entraron en el bosque. Pasaron unos árboles cubiertos de nieve y entraron en un claro, abierto, en el que lucía el sol, haciendo que todo brillara. 

Allí estaba Clara, feliz, jugando con un pequeño zorro blanco y construyendo un muñeco de nieve, mientras que a lo lejos se veía un castillo de color blanco, que resplandecía a la luz del sol, como si fuera de cristal. Los niños jugaron, observaron el castillo maravillados y prometieron volver al día siguiente a explorar, pues ya se estaba haciendo tarde. No estaban perdidos en la nieve como habían temido. Estaban a salvo.

Salieron al atardecer, después de horas jugando. Sabían que sus padres estarían preocupados y que les esperaba una buena bronca. La temperatura había bajado mucho y estaban deseando llegar a casa a contarles lo que habían visto en el bosque, a pesar de saber que no les haría ninguna gracia.

Cuando llegaron al pueblo se quedaron quietos, había un silencio que ocupaba todo el espacio, como si fuera una presencia. Las casas parecían vacías y abandonadas desde hace mucho tiempo. Llamaron a sus padres, a las puertas de las casas, gritaron pidiendo ayuda, aunque nadie les oyó. No había nadie.

Uno de los niños encontró un periódico viejo. Leyó la fecha y se quedó helado. Habían pasado años. Muchos años. Y el pueblo había sido abandonado, pues se creía que había caído sobre ellos una terrible maldición desde la desaparición de los últimos niños.

Decidieron volver al bosque, y se dirigieron todos juntos al castillo, donde estarían a salvo y nunca les faltaría de nada. Y donde serían niños para siempre.

Fin


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