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La luna del lobo | Cuentos breves #34

Publicado por Aran en

Los lobos y la luna están conectados, ellos aúllan las noches de luna llena, sobre todo durante los duros meses del invierno, cuando la comida escasea y la manada tiene muy complicado sobrevivir. 
De ahí la luna del lobo, la primera luna llena del mes de enero. De esta luna han surgido muchas leyendas y también el primer ‘Cuento breve‘ del 2020. Hoy es luna llena y eclipse lunar en Cáncer

Mi historia no tiene nada que ver con todo esto, es simplemente, otro cuento breve con la luna llena como invitada. 

Espero que te guste y me comentes que te ha parecido.

¡Muchas gracias por leerme! 

La luna del lobo
Photo by Ray Hennessy on Unsplash

La luna del lobo

El aullido de los lobos se escuchaba en todo el bosque, mientras que la luna, llena, redonda y brillante se alzaba en el cielo. Aquellos lamentos se confundían con los gritos provenientes del castillo sobre la colina.

Estaba ocurriendo de nuevo, como cada veinte años.

Nadie podía hacer nada, ninguna de esas jóvenes podía escapar a su destino. Sabía lo que les esperaba, pero eso no lo hacía menos aterrador.

Habían aprendido que su sacrificio sería en beneficio de todo el pueblo y que por eso debían estar orgullosas.

Eran las elegidas.

La propia reina las había escogido personalmente en la ceremonia de las damas, como cada veinte años. Aquella mujer no parecía envejecer nunca, siempre estaba igual, con el cabello negro largo adornado con una corona de plata. Había mirado a todas las chicas de la aldea con sus ojos del color del acero. Las había señalado con su largo dedo y había ignorado las súplicas de sus familias y los lloros de sus madres.

Pero aquello también formaba parte de la ceremonia. Eilin se había despedido de su familia con lágrimas en los ojos. Sabía que los siguientes días sería tratada como una princesa, que no estaría sola y que su muerte llegaría pronto. Una muerte que beneficiaría a la aldea para los próximos veinte años. Pero estaba asustada.

Eilin no solo tenía miedo, también estaba furiosa. Con su pueblo, por permitir lo que estaba ocurriendo, con sus padres por seguir la tradición, con el resto de las jóvenes por no luchar y por último, con ella misma, por no haber huido a tiempo con Don.

Él había intentado ayudar y lo único que había conseguido era haber sido devorado por los hambrientos lobos de la reina Murgel. Eilin lloraba cada vez que lo veía en su mente, todavía escuchaba sus gritos de dolor, veía su rostro desfigurado, su piel arrancada de cuajo, toda aquella sangre…reprimió un vómito pero no las lágrimas. Le daba igual que las demás la vieran llorar.

Estaban todas juntas en un dormitorio de la torre, las cinco. Las elegidas. Todas calladas, fingiendo que no estaban asustadas, que eran valientes. Pero su miedo podía olerse a kilómetros de distancia.

A pesar del silencio reinante los gritos no cesaban. Y nunca lo harían.

Eilin se fijó en que los aullidos estaban cada vez más cerca ¿estarían viniendo los lobos hacía aquí, curiosos por los alaridos o es que olían su miedo? ¿no eran los lobos de la reina Murgel los que aullaban?¿o eran los lobos del bosque? Esos que se escuchaban las noches de luna llena, esos que nadie había visto nunca. Los lobos de la reina nunca aullaban, solo gruñían. Y mataban. Los lobos del bosque eran diferentes. Protegían a la aldea, aunque llevaban más de cien años sin aparecer. Eilin se preguntó si serían esos o unos lobos cualquiera.

Dos criadas con la cabeza tapada aparecieron para llevarse a la más joven. La cogieron de los brazos, seguras de que se desmayaría, pero lo único que hizo fue mirar a su alrededor, a sus compañeras, y despedirse con un gesto de cabeza.

Las demás la miraron y se inclinaron ante ella. Ya sabían que pasaría si alguna intentaba ayudar.

La vieron salir sin mirar atrás. Segura de su destino. Aterrada pero valiente.

Largo rato después escucharon sus gritos. La ceremonia había comenzado.

Se había hecho el primer sacrificio. Ese año tendrían abundantes lluvias y buenas cosechas.

Mas adelante el silencio se hizo insoportable puesto que todavía escuchaba aquellos gritos en su cabeza. Y todavía veía a Don, con su cuerpo mutilado sobre un charco de sangre. La reina Murgel la había hecho mirar, la había obligado a ver como moría ante sus ojos antes de llevársela al castillo, donde ella correría la misma suerte.

Quería el mismo destino para la reina, el mismo destino que había tenido Don y las cientos de jóvenes sacrificadas por el bien común. 

Y sabía que la venganza que deseaba jamás se haría realidad. Pero soñar le daba fuerzas y la mantenía cuerda.

Todo el mundo estaba al tanto de que las familias de las jóvenes recibían algo a cambio de entregarlas, podían ser tierras si no tenían, o monedas de oro, además de otros privilegios como no pagar impuestos durante un tiempo o invitaciones a fiestas con la nobleza, en donde podían comer y beber todo lo que quisieran.

Eilin lo había visto con sus propios ojos.

Y aunque aquellos sacrificios eran por un bien común no le parecía la mejor manera de hacerlo. Habría otra forma de contentar a los dioses. Quería acabar con la maldita tradición.

Ya entrada la noche Eilin se despertó. Los lobos. Habían vuelto.

Se levantó y miró por la ventana, la luna llena brillaba en lo alto, ahora estaba de color rojo sangre. Se podía ver el bosque que rodeaba la fortaleza. No vio a los animales, sin embargo, podía escuchar sus aullidos. Estaban allí y venían a ayudar. A ayudarlas.

Despertó a las otras chicas, no podía permitir que ninguna se quedara en el castillo. Sentía su piel erizarse y su respiración acelerar en cuanto les contaba que iban a salir de allí con vida.

Y que sería el final de la reina Murgel.

Afuera escucharon gritos, los guardias habían dejado la puerta para ir a luchar contra los lobos, así que las chicas aprovecharon para salir, Eilin las llevó hacia el bosque y les dijo que corrieran, ella tenía algo que hacer antes de partir.

Miró hacia la luna cuyo color rojizo se estaba desvaneciendo y lo vio como una señal.

La entrada al castillo parecía la escena de una batalla, sangre por todas partes y los cadáveres de los guardas desperdigados. Le recordó a Don.

También había varios lobos muertos, cubiertos de sangre. Eilin estaba segura de que no habían acabado con todos, de que había más. Y sabía donde estaban. 

Cruzó el patio, entró de nuevo en el castillo, recorrió un largo y oscuro pasillo y abrió las puertas de la sala del trono.

Allí estaba la gran reina Murgel, con su pelo negro suelto ondeando ante la brisa, rodeada de unos soldados muertos y de unos lobos amenazadores. Eilin la miró, y vio el horror en sus ojos, en su rostro, su boca parecía suplicar en silencio, estaba pidiendo ayuda, la gran reina Murgel, la mujer a la que todos temían, la poderosa reina, ahora estaba asustada, incapaz de mover un dedo, sola. Como si fuera una de las elegidas. 

Y de hecho, lo era. Su sacrificio sería el mayor jamás hecho y los dioses estarían muy contentos. 

Los lobos gruñían, esperando.

Eilin sonrió.

Fin


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