El sacrificio | Cuentos breves #12

Publicado por Aran en

El cuento breve número 12 me ha costado más que los otros por qué no estaba nada inspirada. De hecho, lo he cambiado mil veces y volvería a cambiar cosas pero ya es tarde, lo hecho, hecho está.

Si hay una época que me gusta lo mismo que la victoriana, son los años 20 y quería escribir un relato que transcurriera en esa época, en una fiesta que no acababa muy bien. También me he inspirado un poco en el libro de relatos de John Connolly ‘Música nocturna’, si no lo has leído te lo recomiendo.

Espero que te guste.

¡Muchas gracias por leerme!

El sacrificio | Cuentos breves #12
Photo by Steinar Engeland on Unsplash
El sacrificio

Inglaterra, 27 de marzo de 1922

La madre de Ethel le dijo que Millie podía quedarse con ella si después de la fiesta si se iban directamente a su dormitorio sin hacer preguntas. Ethel estaba extasiada pensando que su mejor amiga se pudiera quedar a dormir en su casa, sobre todo, después de una fiesta tan elegante. Así podían quedarse hablando toda la noche y comerse las sobras del cócktail. Era perfecto. 

Su madre llevaba preparando meses esa fiesta, se suponía que esa noche habría luna roja y Ethel sabía que se trataba de un acontecimiento muy relevante para ella y sus extrañas amistades. 

Millie esperó a su amiga en la biblioteca. Mientras tanto en la mansión los criados iban de acá para allá terminando los preparativos para fiesta. La biblioteca tenía dos pisos y en las estanterías no quedaba ni un hueco más para ningún libro. Millie vivía en el pueblo, en una casa más modesta y nunca había visto tantos libros juntos, ni siquiera en la biblioteca municipal. 

Las bombas no habían tocado la mansión de los Bradford, y sus pertenencias tampoco habían sido saqueadas, ni siquiera cuando abandonaron la casa para irse a un refugio. 

A Millie le fascinaba esa casa, era tan grande que ni en dos vidas hubiera podido recorrerla entera, era fácil perderse entre tantas habitaciones, así que ella siempre se quedaba esperando en la biblioteca, pero ¿Qué estaba haciendo Ethel y por qué tardaba tanto?

Su amiga apareció poco después y se fueron a su habitación para arreglarse. 

— He oído decir a mi madre que van a hacer un ritual de luna llena. 

— ¿Qué tipo de ritual? 

— No lo sé. A mí nunca me explican nada. Mi madre trajo una médium hace poco y a mi no me dejó quedarme. 

— ¿Hoy también ha invitado a la adivina? 

— No lo sé, pero supongo que sí. Es una fecha importante, aunque no sé por qué. 

— Me gustaría ver el ritual. 

— Nos colaremos esta noche. Procuraremos que no nos vean.

— Mejor, si nos ven igual nos sacrifican —. Respondió Millie mientras se pintaba los labios con carmín. 

Ambas rieron. 

La fiesta fue fabulosa, había docenas de invitados en el jardín esperando ver la luna roja a pesar del frío nocturno primaveral. La gente iba elegantemente vestida y hablaban de temas que ni Millie ni Ethel entendían. Había mucha comida deliciosa y una banda tocaba jazz en la terraza. Todo estaba decorado con flores rojas y velas negras. 

Se bebieron varias copas de champán a escondidas y se pasearon entre los invitados, vigiladas muy de cerca por la señora Bradford. Después de contemplar la luna entre las nubes, grande y roja como bañada en sangre, la madre de Ethel las mandó arriba. 

Las chicas estaban tan contentas que se quedaron despiertas hablando sobre los invitados, sus extrañas conversaciones y que parecía que pertenecían a una secta que sacrificaba carneros. 

Después de bailar en el dormitorio y darse algunos besos traviesos en la oscuridad de la noche, se quedaron rápidamente dormidas. Se habían olvidado de que querían espiar a la señora Bradford y a sus invitados. 

Millie tuvo sueños donde caía en una espiral de oscuridad de la que no podía escapar. Se despertó sobresaltada y sudada. Escuchó que alguien susurraba su nombre. Miró a su derecha, la cama estaba vacía ¿Dónde estaba Ethel? 

Se levantó para mirar por la ventana, la luna ya no estaba roja y bañaba de plata el jardín de los Bradford. 

Ethel estaba allí, con su camisón blanco pegado a la piel por el viento. Caminaba despacio y se dirigía hasta el cementerio de su familia, donde yacían generaciones de Bradford. Miró hacía la ventana y Millie se sobresaltó. 

Salió corriendo del dormitorio, quería despertar a la madre de Ethel, temía que a su amiga le ocurriera algo. Sentía algo extraño, un frío que le salía de dentro. Al salir se paró en seco, las ventanas del pasillo estaban abiertas de par en par y le pareció que había personas tras las cortinas, una mano en una, un rostro en otra. 

Una de las cortinas le rozó la cara y Millie gritó. Se alejó corriendo hasta la puerta del dormitorio de la señora Bradford, llamó a la puerta y nadie respondió. Abrió y allí no había nadie. Bajó a la zona donde vivía el servicio y allí tampoco había nadie. 

Entró en pánico, llamó a la señora Bradford, buscó en cada habitación hasta que se quedó sin aliento. 

Se sentó en el suelo del salón esperando que aquello fuera una pesadilla, se dijo a sí misma que tenía que despertar, que estaba soñando. Cerró los ojos y volvió a escuchar su nombre en un susurro, parecía cercano y lejano a la vez. 

Las cortinas volvían a mostrar formas humanas que se movían. Formas humanas que la llamaban. La querían. Querían que se uniera a ellas en las sombras. 

Millie temblaba y lloraba, acurrucada en una esquina de la gran mansión de los Bradford, esperando despertar de esa pesadilla. Deseando que Ethel apareciera por la puerta. 

Pero Millie no despertó.

Al otro lado Ethel sostenía un cuchillo, de sus ojos resbalaban unas lágrimas que cayeron sobre su amiga. Estaba en una habitación del sótano de la mansión, rodeada por algunos de los invitados a la fiesta, que llevaban capas negras con capucha y entonaban un canto en latín. Su madre estaba a su lado, sostenía un cuenco lleno de agua.

— No la despiertes —. Le dijo —. Ya es tarde. Ya está muerta. No debemos despertar a los muertos. Debes continuar con el ritual. 

Ethel no podía mirar lo que estaba a punto de hacer. No dejaba de pensar en los buenos momentos que había pasado con ella, en lo que la quería. Quería que despertara y se marchara corriendo de allí. Huirían juntas como siempre habían planeado. Su destino estaba sellado. Había sido elegida como el sacrificio. 

Millie no despertó por qué la droga había hecho efecto. Yacía en la cama con un pañuelo de seda sobre su pálido rostro, luchando por despertar. 

Fin


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