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Viaje sideral por carretera #2 | Cuentos por entregas

Publicado por Aran en

Esta es la segunda parte del cuento por entregasViaje sideral por carretera‘, que a su vez, es la continuación del cuento breveOasis‘.

Espero que te guste el final ¿o puede que esa un principio? y que me comentes que te ha parecido.

¡Muchas gracias por leerme!

Viaje sideral por carretera
Photo by Treddy Chen on Unsplash

Viaje sideral por carretera

Miré a Pet, que se puso a gritar que estábamos ahí, que no se olvidaran de nosotros. 

—¡¿Qué es lo que haces?!¡¿quieres callarte?!—le grité, ya cabreado.

—Quiero conocerle, así tendré mas posibilidades de pasar el casting. Quiero ver como habla, su acento, si tiene algún tic. Es una oportunidad única.

—Es un mafioso de verdad. Sería una oportunidad única para matarnos, ahora lo tiene mas fácil, solo tiene que pisarnos—dije muy cabreado. 

La nave moderna despegó y en un segundo dejó una nube de polvo que hizo toser al mecánico. 

—Tenemos que encontrarle—dije. Estaba realmente preocupado por Don Langosta. Temía lo que le pudieran hacer esos matones. 

—¿Con este tamaño?Tardaremos un día en llegar a la puñetera gasolinera, que tenemos a tres metros. 

Nos quedamos pensando dentro de aquel horno con motor. No teníamos ni idea de lo que podíamos hacer. Nos era imposible conducir la nave, tardaríamos mucho en pedir ayuda, quizá podríamos morir aplastados o si no, de un golpe de calor. El hombre ya había terminado de arreglar el motor y se estaba bebiendo un refresco de color morado brillante. Ambos le miramos a través del ‘parabrisas’ sucio y polvoriento. Decidimos gritar y movernos, para ver si nos veía. No nos vio.

Solo dijo:

—Si esa langosta no vuelve pronto a por su cacharro, lo tendré que llevar al chatarrero. Al menos el motor valdrá algo.

Después se metió en la gasolinera y, como no había ningún cliente, se quedó dentro bebiéndose el refresco mientras nosotros nos moríamos de sed. Saltamos desde el salpicadero hasta el asiento del copiloto y de ahí bajamos hasta el suelo, no fue tan difícil por que estábamos en forma pero cuando fuimos a abrir la puerta nos fue imposible, volvimos al control y, como el motor estaba apagado, no había nada que hacer. 

Así que nos quedamos agazapados en un rincón hasta que vimos que alguien entraba en la nave. Una mujer de color azul y pelo rosa abrió la puerta, encendió la luz y echó un vistazo por toda la nave. No era muy grande pero tenía de todo, desde la enorme cama de Don Langosta, una cocina y un baño. Después se sentó en el asiento del piloto y encendió el motor. El mecánico estaba fuera comentándole lo que había pasado y que pensaba llevarla al chatarrero.

—¿Ah si que es de Don Langosta?—preguntó ella. 

—¿Es que le conoces?

—Es un tenor muy famoso en todas las galaxias. 

—¿Y cómo es que tiene esta chatarra como casa?

El hombre asomó la cabeza para mirar de un lado a otro de la pequeña nave. No había nada de valor a la vista. 

—Se lo preguntaré cuando se la devuelva. 

—¿Vas a pagar el arreglo?

—Por supuesto. 

—¿Y crees que él te lo va a pagar?parece que está mas pelado que un perro del desierto. 

Nosotros estábamos escondidos escuchando la conversación, quizá la mujer azul podría ayudarnos. 

—Si me canta un aria será suficiente pago. Nunca he ido a la ópera. 

El hombre rió, llevaba unos dientes metálicos de esos que te permitían incluso comer carne cruda como si fuera mantequilla. Eran ilegales pero en ese planeta todo lo que había lo era. 

—Esta bien, haz lo que quieras. Aunque tendrás que arrancarlo sin llaves. Se las ha llevado la langosta. 

—Don Langosta. Tiene nombre. 

—Es un nombre ridículo. 

La chica consiguió arrancar, se despidió del mecánico y se fueron a gran velocidad, ambos gritamos al caer pero ella no nos oyó. Pasamos por el desierto, estaba anocheciendo por lo que el cielo estaba de un color morado muy oscuro y brillaban miles de estrellas, además de las dos lunas. Una a lado de la otra, una llena y otra en cuarto creciente. Vimos algunas casas a lo lejos, a través de los ventanales laterales, algunas eran enormes mansiones y otras solo chatarra. También vislumbramos un centro comercial de lo más anticuado entre las dunas del desierto. Allí es donde se dirigía. 

En cuanto parara, saldríamos de nuestro escondite y le pediríamos ayuda. Habíamos discutido sobre el tema pero yo ya estaba harto de Pet y como él nos había metido a los dos en ese lío, haríamos lo que yo creyera conveniente para sacarnos de él. Como siempre. 

La chica se detuvo frente a lo que creíamos que era un centro comercial pero se trataba de una mansión, era de cristal con luces de neón de color azul iluminando las ventanas. También había palmeras de neón como en Los Piojosos. 

Un mayordomo androide salió de la casa y se dirigió a la nave. Entonces nosotros salimos de nuestro escondite y nos pusimos a gritar, seguramente el androide nos oiría. 

La chica le había dicho que tenía que dejar la nave limpia y arreglada. 

Cuando entró, no nos vio. Era un androide de limpieza, a parte de mayordomo. Llevaba incorporado aspirador, mopas, desinfectante y otros utensilios. Se puso a aspirar con un ruido atronador, nosotros corrimos pero el aspirador era muy potente y nos tragó como si fuéramos pelusas. La verdad es que la nave de Don Langosta estaba llena de polvo del desierto y necesitaba una buena limpieza. Y nosotros acabamos tragando polvo y arena dentro del robot. 

Golpeamos, gritamos, pero no pasó nada. El robot no podía oírnos. Allí dentro hacía un calor infernal y Pet empezó a llorar. Si, los genebebes también tenemos lagrimal y podemos llorar. No todos, puesto que a algunos se les suprimió los sentimientos. La mayoría de los sinsenti se dedica a la política.

No quiero hablar con Pet, solo quiero salir de aquí y no volver a verle jamás. Este es el último lío en el que me ha metido. Se lo digo y nos ponemos a pelear, incluso nos pegamos como cuando éramos pequeños. No se puede hablar con él, siempre tiene que tener la razón, ser el líder, tener las mejores ideas, aunque no sean suyas. 

Nos empezamos a mover y caemos sobre un cubo de metal. Entonces el robot nos ve y comienza a hacer sonar una alarma en su cabeza, parece como la de un antiguo coche de policía, con luces azules y rojas. No sabemos como, pero nos ha metido en una jaula de cristal. Como si fuésemos pequeños animales. 

Fue cuando apareció la chica azul con el pelo rosa. Le explicamos lo que había ocurrido, más bien, fui yo quien le explicó todo con varias molestas interrupciones de Pet. 

La chica nos escuchó con atención, sus ojos eran como una piscina a la que le estuviera dando la luz del sol. Y me estaba desconcentrando, pero, al menos, nos escuchó con atención. 

—Esta bien, esta bien—dijo con su voz metálica. 

Pet y yo hicimos eso de mirarnos entre asustados y asombrados, como hacíamos siempre. Necesitábamos que nos devolviera a nuestro tamaño real y así podríamos ir a buscar a Don Langosta. 

Ella nos miró un rato, primero con el ceño fruncido, en señal de incredulidad por lo de la cientera. Luego, puso una mueca mientras hablaba de Ted Cale, más tarde entrecerró los ojos y nos miraba y luego dirigía su mirada al androide. Cuando terminé estaba exhausto, no habíamos comido ni dormido en dos días. Habíamos pasado miedo y no sabíamos lo que esperar de aquella extraña. Lo único que le habíamos oído decir es que quería devolverle a Don Langosta su nave, así que suponíamos que era buena. Que podría hacer algo por nosotros. 

Se quedó dando vueltas por la habitación, de repente se paraba y miraba hacia arriba como si hubiera tenido una gran idea. Mientras el robot nos escaneó en busca de armas y también con un escáner que solo podía utilizar la policía y te decía el nombre, dirección, cuenta corriente, y te daba en dos segundos toda la información importante de la persona escaneada. Incluido sus ancestros, signo del zodiaco y alergias. 

—Sois genebebes—dijo al fin. 

Nosotros la miramos y sonreímos con nuestra mejor sonrisa.

—Odio a los genebebes. 

Entré en pánico. Sabía que mucha gente nos odiaba y, en general, me hacía gracia, pero ahora nuestra vida corría peligro y queríamos salvar a Don Langosta, así que se lo expliqué. Le dije que no éramos como los otros genebebes, que Pet pagaría lo que ella quisiera y que juntos sería más fácil rescatar a nuestro amigo el tenor. 

—Si él os ha ayudado será por algo—dijo. 

—Somos colegas—dijo Pet. 

La chica le miró con sospecha. Seguro que estaba pensando que le sonaba de algo pero no lograba ubicarle. Temía que le reconociera y que no le gustara que fuera una estrella de cine. Podía ver las miles de preguntas que cruzaban su mente ¿Por qué nos ayudaría el tenor?¿estábamos diciendo la verdad? ¿o nos enviaba Ted Cale? ¿era una trampa?yo quería responderlas todas, contarle la verdad después de tomar un té de la verdad, que estaban también muy de moda. Haría lo que fuera por que nos ayudara. Lo que fuera. 

Entonces, dijo algo y Pet y yo pudimos respirar tranquilos.

—Os ayudaré. 

Era nuestra salvación. 

Fin


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