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Viaje sideral por carretera #1 | Cuentos por entregas

Publicado por Aran en

Nuevo cuento por entregas, en este caso es la segunda parte de ‘Oasis‘, un cuento breve de ciencia ficción que me encantó escribir y por lo tanto, quería continuar.

Esta es la primera parte de ‘Viaje sideral por carretera’. Espero que te guste y que me comentes que te ha parecido.

¡Muchas gracias por leerme!

Viaje sideral por carretera
Photo by John Fowler on Unsplash

Viaje sideral por carretera

No recuerdo como nos ha sacado Don Langosta de la casa de la cientera, lo único que logro recordar es que estaba durmiendo en una cama de juguete y que Pet no dejaba de llorar y de gritar como un desgraciado. Tenía ganas de pegarle en toda su perfecta cara de estrella de la galaxia pero me he contenido. Por mucha rabia que tenga dentro, no me gusta usar la violencia. 

Ahora estamos en el cacharro volador del tenor y vamos muy deprisa. Estamos huyendo. Fijo que la cientera viene a por nosotros. No tenemos escapatoria. Volveremos a la casa de muñecas con los demás liliputienses y nos quedaremos encerrados para siempre. No quiero volver ahí. Por nada del mundo. 

Sé que Don Langosta nos ha sacado de ésta y se la vamos a tener que pagar, más bien Pet se la tendrá que pagar. Por dos, mis molestias y la de la langosta. 

Todavía somos pequeñitos y estamos metidos en una pequeña caja en el salpicadero. Don Langosta va cantando una ópera muy antigua, en italiano. Se me ponen los vellos en punta y unas lágrimas me recorren las mejillas. Es lo mejor que he escuchado en mi vida. 

—¿A dónde vamos?—pregunta Pet.

Como si yo lo supiera. 

Lo vuelve a repetir, pero esta vez mas alto. Pero Don Langosta no le oye, su voz podría llenar toda la galaxia. 

Ahora me preocupa que no volvamos a ser de nuestro tamaño original. Y somos muy altos, los genebebes en general son muy altos, más que la media de dos metros de la galaxia. 

Quiero volver a ser alto, quiero volver a ver a Kat, saber si está bien y que fue lo que encontró en Filaky. Quiero volver a casa y vivir mi aburrida vida. Quiero volver al trabajo, charlar con mis aburridos compañeros sobre la bolsa y comer sándwiches en la cafetería cutre de la esquina. Quiero volver a ver la televisión hasta tarde, comer patatas fritas sabor aceitunas con tomate. Quiero no tener que hacer nada, no tener que pensar. 

De pronto el coche se para y Don Langosta deja de cantar. 

—¿Dónde estamos?—pregunto alzando la voz. 

—Oh,mmm. Es mi restaurante favorito. Tengo hambre ¿Tenéis hambre?—responde con su voz profunda. 

—¿Un restaurante?—grito. Esto es de locos. Pero me rugen las tripas. 

Don Langosta sostiene la caja y entramos en un mundo nuevo. Se parece al mejor restaurante de Los Piojosos, aunque este está a un lado de la carretera interestelar, que cruza todas las galaxias. 

Hay mesas en forma de Cadillac, en una pantalla enorme se ven paisajes de la tierra de hace mil años. Bosques, desiertos, calles llenas de gente, conciertos de estrellas de rock, centros comerciales, estrenos de cine…

Las camareras también van en patines y todas llevan gafas de ojos de gato y peluca rosa, a juego del uniforme. En la cocina abierta se ve a un chef pulpo cocinando diez platos a la vez. 

—Nos sentaremos aquí. Si.

Don Langosta nos colocó sobre la mesa, estábamos en uno de los espacios cubiertos con una cúpula de cristal. 

—¿Qué va a ser, cielo?—pregunta una camarera muy anciana que también iba en patines. Tiene la piel gris azulada y dos antenas que sobresalen de su peluca. 

—La hamburguesa doble con queso y patatas.Y de beber, un elixir de juventud sabor cereza. Gracias. 

La camarera se alejó rápidamente. 

—¡Eh!¿Y nosotros qué?—le gritó Pet. También estaba hambriento. Y cansado. Ambos lo estábamos. 

—¿Crees que aquí hacen comida especial para liliputienses? Comeréis de mi plato. Habrá de sobra para los tres. 

Nos quedamos en silencio hasta que la camarera trae la comida y después comemos sin decir palabra. Con una miga de pan ya estoy lleno y no puedo más. En mi estado normal podría comerme dos de esas hamburguesas. Y después mi peso en helado. 

—¿Qué vamos a hacer?—preguntó después de morder una patata. Allí la comida está deliciosa. Lo poco que he podido probar. 

—Conozco a alguien que podrá ayudaros. Aunque por un precio. 

—Joder. Ya lo he dicho mil veces. Pagaré lo que haga falta—respondió Pet con fastidio. 

—¿Por qué nos has sacado?¿y cómo lo has hecho?—pregunto con curiosidad. 

—Bueno, todavía no he recibido, esto…mi recompensa por los servicios prestados…

Pet me miró como si este tío estuviera loco. 

—¿Tengo pinta de poder sacar dinero ahora mismo?—dijo con voz de chulito.

Don Langosta le ignoró.

—Y bueno, he esperado a que se durmiera y os he sacado. Tampoco ha sido tan difícil. 

—No sabía que los plásticos dormían—dije perplejo.

—No es como lo hacéis los humanos, se tiene que enchufar a la corriente y no pueden moverse de ahí durante unas horas. Hasta que estén totalmente cargados. 

Don Langosta miró su reloj. 

—Supongo que ya se habrá despertado y dentro de nada se dará cuenta de que nos hemos ido. Pero eh, mmm. Estamos ya muy lejos de su planeta. No sabe donde encontrarnos. 

Pet parecía aliviado. Pero yo no estaba tan seguro. La cientera podía saber el restaurante favorito del tenor. O quizá nunca habían hablado de estos temas. No sabía cual era su relación. 

—Oh no—dijo de repente Don Langosta. Y se puso rojo brillante. 

—¿Qué es lo que ocurre?—pregunté. Parecía realmente asustado. 

—Tenemos que irnos ya. 

Nos metimos en la caja otra vez y Don Langosta salió apresuradamente del local después de haber pagado y haber metido unos billetes de metacrilato en el bote de las propinas. 

Antes de salir por la puerta escuchamos a nuestra espalda.Podía notar como su color se hacía cada vez más y más intenso. 

—¡Eh tú! Langosta escurridiza. 

El tenor ni siquiera se dio la vuelta, corrió hasta el coche y salimos pitando de allí por la carretera interestelar. 

—¿Qué ha sido eso?—preguntó Pet aterrorizado. 

—Era Ted Cale. 

—¿El mafioso?—pregunté yo. Ted Cale era uno de los enemigos públicos más buscados de la galaxia. No nos podía ir peor. 

—¿Le conoces?—preguntó entonces Pet, esta vez emocionado. Quería interpretarle en una película. 

—No somos amigos precisamente. 

Parecía que Don Langosta conocía todo bicho viviente de la galaxia. Y no se llevaba bien con ninguno. 

Seguimos por la carretera durante varias horas hasta que de repente el motor de aquel cacharro empezó a fallar. Salía humo e íbamos a trompicones. 

—¡Oh no!¡Maldito trasto!¡No me falles ahora!—exclamaba Don Langosta con su voz de tenor. 

Pet y yo nos miramos otra vez. Yo estaba asustado y él, emocionado. 

—Tengo que llevarlo al taller. 

Se fijó en el mapa y señaló un punto. Estábamos cerca del planeta Marena. Un lugar desértico, donde los contrabandistas escondían su mercancía robada mientras buscaban compradores en el mercado negro. Entre el género que podías encontrar estaban animales salvajes de otros planetas para que los ricos pudieran tenerlos como mascotas o para hacer peleas ilegales. Drogas de todo tipo, a pesar de que ya eran legales muchas, éstas no habían pasado las regulaciones establecidas por la Organización Galáctica de la Salud, y por lo tanto, podían resultar peligrosas. 

Había mas cosas como productos robados de museos, laboratorios y excavaciones arqueológicas. Si no estaba en Marena, no existía. 

Don Langosta paró en una gasolinera vieja y oxidada, quizá también era una de las mercancías robadas. Una gasolinera de los años 50 del siglo XX, con su propia cafetería y todo. 

El tenor habló con el único empleado que había y éste se puso a arreglar la nave, le oímos decir que estaba en muy mal estado y que era mejor llevarla a la chatarrería antes que seguir volando por ahí con ese trasto. Don Langosta hizo caso omiso y se quedó mirando como el anciano trasteaba con el motor. 

Nosotros, en cambio, nos quedamos dentro, aunque allí hacía un calor infernal. Estábamos en medio de un desierto de color rojo, en el cielo de color lila había dos lunas y un enorme sol naranja. Pet parecía animado, quería conocer al mafioso pero yo no tenía ningunas ganas. 

Mientras Don Langosta observaba con detalle el arreglo de su coche, otro vehículo apareció desde el cielo. Este era negro, en forma de triángulo, muy grande, de esos que tenía varios dormitorios, cocina, e incluso una piscina. Pet tiene uno igual en blanco. 

Cuando Don Langosta se dio cuenta de quién bajaba de la nave corrió hacia su cacharro e intentó arrancarlo. El anciano que lo estaba arreglando se quejó y le dijo que no estaba terminado, y además que todavía se lo tenía que pagar. Le fue imposible y se empezó a poner cada vez más rojo brillante. Como un semáforo. 

—¿Qué es lo que pasa?—grité. El tenor estaba sudando y no paraba de mirar hacia la otra nave. 

Entonces me di cuenta de lo que ocurría, el que había bajado era Ted Cale. Lo reconocí por las fotos que ponían en las pantallas gigantes de las ciudades, un tipo pálido, de pelo morado y cubierto de tatuajes que brillaban en la oscuridad. Sus brazos eran biónicos y según leí en un artículo, sus dientes eran de platino. Y también brillaban en la oscuridad. 

Uno de sus hombres abrió la puerta de nuestra nave, sacó a Don Langosta con brusquedad y lo metió en la otra nave mientras el cantante de ópera no dejaba de gritar e intentar librarse de las fuertes manos del matón. 

Continuará…


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