Cuentos por entregas | Visita después de medianoche #2

Publicado por Aran en

La segunda parte de “Visita después de medianoche”, mi segundo cuento por entregas. Podéis leer la primera parte aquí. 
¿Quién será el misterioso hombre que ha venido a ver a la señora Martin después de medianoche?¿Qué querrá? 

Visita después de medianoche 2 - Cuentos por entregas | Visita después de medianoche #2

Estaba empezando a sentir calor. Fue a la cocina y abrió la nevera. Necesitaba un poco de fresco.

El hombre se había terminado el segundo trozo de tarta. Seguía llevando las gafas de sol. Seguía llevando el abrigo largo y el sombrero. Pero le había parecido muy amable, así que no había nada de lo que preocuparse, si hubiera querido robarle lo habría hecho ya. Se dio cuenta de que no le había dicho su nombre, se lo tenía que preguntar en cuanto volviera al salón.

  Aquí tiene.

— Muchas gracias, muy amable. No sé porque no recibe a más invitados en su casa, sus tartas son exquisitas, al igual que sus modales.

— ¿Cómo dice?

— Ya sabe a lo que me refiero señora Martin.

— ¿Cómo sabe usted qué…?

— Sé muchas cosas de usted — interrumpió — No. Miento. Lo sé todo sobre usted.

A la señora Martin se le encogió el estómago. No era una estrella del rock, ni un actor de Hollywood.

— ¿Me ha estado usted espiando? — se atrevió a decir.

Pensó en las noticias, en las veces que había visto o leído que una mujer había sido hallada muerta en su casa ¿Por qué razón le dejaría entrar? Igual era un vampiro, como esos que salen en las series de televisión y que solo entran en una casa si son invitados.

— No exactamente.

— ¿Entonces cómo sabe esas cosas sobre mi?

— Lo sé todo. De todo el mundo. Lo veo todo. Lo escucho todo. Incluso pensamientos que usted no  se atreve a escuchar.

— ¿Es un vampiro? — dijo y después se arrepintió por la tontería.

— ¡Que ocurrencias tiene señora Martin! Es usted realmente sorprendente ¿Un vampiro? — dijo riendo — Los vampiros, y todo el mundo lo sabe, no existen. Ni siquiera el verdadero Drácula era un vampiro. Ha sido muy gracioso señora Martin ¿Alguna otra pregunta?

— ¿Y cómo sabe todo eso?

— Me gusta que me pregunte. He venido para charlar no para que yo haga un monólogo ¿verdad?

— Claro.

— ¿Quiere saber algo más señora Martin?

— ¿Cómo se llama?

— Buena pregunta. Me gusta. Tengo muchos nombres, puedes llamarme como quieras…

— Preferiría no tener que hacerlo.

— Ya es demasiado tarde señora Martin. Para usted ya es demasiado tarde. No hay vuelta atrás.

— ¿Qué quiere decir con eso?

— Ya lo sabe. Usted lo sabe desde hace mucho tiempo. Sabía que vendría uno de estos días. Pero tardé demasiado y se le olvidó ¿Verdad? Son las cosas que tiene la edad, no la culpo señora Martin. Pero me ha dejado pasar a su casa, ha sido muy amable conmigo. La gente no es amable conmigo, bueno no lo es realmente ¿Sabe a que me refiero?

La señora Martin, asustada, negó con la cabeza. Las lágrimas se asomaban a sus ojos.

— Quiero decir que la gente en general es amable conmigo porque me teme. Todos me temen. Aunque no me respetan. Solo me tienen miedo y por eso nunca me miran a los ojos, agachan la cabeza como corderos en el matadero, asienten a todo lo que digo…

— Entiendo.

— Usted no lo entiende señora Martin. Usted ha sido muy amable conmigo, realmente amable.

— Yo intento ser amable con todo el mundo.

— Lo sé. Siempre lo ha sido ¿Y de qué le ha servido?

— ¿Cómo dice?

— Si ¿De qué le ha servido ser tan amable con los demás? Su marido murió hace más de veinte años y la dejó sola porque él nunca quiso tener hijos y a usted le pareció bien aunque sí que deseaba tenerlos.

— Esas son el tipo de cosas que haces por la gente que quieres — dijo llorando.

Observó la foto de su marido que yacía sobre la chimenea. Estaba joven y guapo, sonriente y con traje. Era como ella deseaba recordarle.

— No. En eso no estoy de acuerdo con usted señora Martin. No sacrificas todos tus deseos por los de los demás. No, si deseas ser realmente feliz.

— Yo no hice eso.

— Sí que lo hizo y ¿Qué hizo su marido por usted? Dígame ¿Él se sacrificó en algo?

— Seguramente si…

— Seguramente no. Usted dejó su trabajo por él, dejo su ciudad por el trabajo de él, usted no tuvo hijos porque él no quería, usted se quedaba en casa mientras él viajaba por el mundo, usted prefirió ir de vacaciones a aquella casa en las montañas cuando realmente quería ir a la playa. Pero ya lo sabe.

— Eso lo hice por que quise hacerlo.

— Pero no era feliz. No lo era. Sonreía pero por dentro quería morir. Por eso acudió a mí.

— No conseguí nada con eso.

El hombre cambió de expresión. De un rostro amable y sonriente sus facciones se endurecieron y se ensombreció. La señora Martin le miró aterrada. Estuvo a punto de orinarse encima.

— ¿Eso significa qué no hice nada por usted?

— Yo no sabía que…

— No se haga la ingenua señora Martin, usted lo sabía todo. Sabía lo que estaba haciendo y ahora llega el arrepentimiento, pero no por lo que hizo si no por lo que no hizo después. No aprovechó su vida, no vivió como quiso y ahora está sola.

— No es verdad.

— Ah no, espera. Volvió a trabajar. Si, ya recuerdo. Un trabajo mal pagado que le permitió seguir alquilando este cuchitril que lleva treinta años con la misma decoración. Los mismos muebles viejos, todo igual. No logró salir adelante cuando tenía un millón de posibilidades a su alcance.

— Yo no quería que esto ocurriera.

— Ya es demasiado tarde para lamentos y arrepentimientos. Ya no puede hacer nada.

— ¿Qué va a pasar ahora?

— Solo he venido a recordarle nuestro trato.

— ¿Significa que voy a morir pronto?

— Eso no lo sé. No la voy a engañar señora Martin. He sido honesto contigo todo el rato. No sé cuándo llegará tu final pero sé que pasaremos la eternidad juntos ¿no es romántico? Simplemente es el aniversario de nuestro primer encuentro y soy un romántico.

La señora Martin se puso a llorar, sus ojos enrojecidos expulsaban lágrimas saladas como si fueran nubes cargadas de lluvia. El hombre se levantó a consolarla, le puso la mano en el hombro y le dijo al oído.

— Nos lo pasaremos bien señora Martin. No tiene que ponerse triste.

La señora Martin no podía dejar de llorar. Recordó los buenos momentos que había pasado con su marido antes de que éste de repente muriera de un ataque al corazón durante un viaje de negocios. No sabía lo que había hecho hasta que ocurrió. Y entonces se arrepintió y decidió dedicar su vida al silencio y a la soledad. La culpa es una carga demasiado pesada.

— Nos volveremos a ver. Volveré a cobrar mi deuda.

El hombre le dio un beso en la mejilla.

— No hace falta que me acompañe hasta la puerta, ha sido un placer hablar con usted señora Martin.

El extraño despareció entre las sombras de la entrada. Solo le volvió a ver una vez más después de aquella noche, la tercera vez que le veía en su vida. Fue en su lecho de muerte, en un hospital psiquiátrico veinte años después. No había vivido la vida que soñaba, no había hecho todo lo que tenía en mente desde que la muerte de su esposo. Pero pagaría igualmente.

Estaba tumbada en la cama, el pelo totalmente blanco, no sabía ni quién era ni donde estaba. Se encontraba sola. Y entonces apareció él, con su sombrero fedora, su abrigo largo negro y su pañuelo rojo, no llevaba gafas de sol y sus ojos eran tan azules como el cielo. Le sonrió. Ella comenzó a gritar:

— ¡Es él, está ahí! — dijo señalando una esquina.— Lo veo ¡Vete de aquí demonio!

Las enfermeras se acercaron a tranquilizarla pero ella no paraba de gritar.

— ¡Vete de aquí! ¡He roto el trato!

— El trato solo lo puedo romper yo señora Martin. — dijo el hombre, y luego rió.

— No hay nadie aquí señora Martin. — comentó la enfermera, intentando tranquilizarla.

— ¡Está ahí! – dijo señalando de nuevo a la esquina del dormitorio.

— ¡Cálmese señora Martin! Por favor.

Ella se calmó y las enfermeras se marcharon. Pero él seguía allí, observando entre las sombras, sonriendo.

— Le dije que nos volveríamos a ver. Y yo nunca miento. Nos veremos en el infierno.

La señora Martin cerró los ojos, no quería que la cara de ese extraño fuera lo último que vería antes de morir, y pensó en el día más feliz de su vida, una tarde de verano que hizo un picnic en el parque con su marido.Ya habían pasado más de cincuenta años. Ambos eran jóvenes y felices, bebían Coca-cola y comían sándwiches. Fue lo último que vio antes de morir. Antes de que todo se volviera negro, antes de viajar al infierno.

Espero que os  haya gustado. Podéis leer “Maldito Karma”, mi primer cuento por entregas aquí.
*Imagen vía Pixabay

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