Cuentos por entregas | Maldito Karma #2

Publicado por Aran en

La segunda entrega de mis Cuentos por entregas, Maldito karma, aquí podeís leer la primera parte y un poco de la historia de las razones por las que lo escribí ¡espero que tengáis un feliz y terrorífico halloween!

Maldito Karma 2 - Cuentos por entregas | Maldito Karma #2

Entonces algo se apoderó de mí y salí corriendo hacía la carretera, la crucé esperando que de la oscuridad surgiera un coche salvador. Nada. Seguí corriendo hasta que me adentré en el bosque, ni siquiera me atrevía a mirar atrás. No paré hasta que me dolió el costado. Me apoyé en un árbol a coger aliento y entonces noté como me subía del estómago, me recorría el esófago y finalmente salió, todo lo que había comido durante el día, el sándwich vegetal y las patatas fritas.

Temblaba, sudaba y las piernas me flaqueaban a pesar de que apenas había recorrido un par de kilómetros. Estaba anocheciendo, el sol se escondía entre los árboles, alejándose de mí. Decidí no rendirme y empecé a caminar, escondiéndome de vez en cuando entre los árboles. Me seguía doliendo el costado y apenas podía respirar. Cuando me creí a salvo a lo lejos vi una luz, a parte del viento en las hojas de los árboles solo se escuchaba un silbido lejano, una canción infantil. Estaba aquí, me encontraría. Me tapé la boca porque iba a empezar a llorar, las lágrimas brotaban de mis ojos sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Me agaché y esperé, luego tiré una piedra lo más lejos que pude y me alejé por el lado contrario. Deseaba que fuera el típico perturbado estúpido.

— ¿Dónde te has metido? — gritó — No te escondas, no te voy a hacer nada. Era una broma, una maldita broma.

Esperé un rato que se me hizo eterno y cuando me di la vuelta no volví a ver la luz, respiré hondo y caminé. No sabía dónde ir, cada vez estaba más oscuro y a todas partes donde miraba solo veía árboles. Estaba cansada y desorientada. Me bebí la botella de agua que llevaba en el bolso y volví a probar con el teléfono. Seguía sin tener cobertura, “el jodido teléfono, nunca funciona cuando lo necesitas”. Me dieron ganas de lanzarlo contra un árbol. Pensé que jamás saldría de esa pesadilla. Después de pensarlo unos segundos decidí seguir todo recto, a donde me llevaran mis pies. No sabía si correr o si andar, todavía me dolía el costado así que decidí caminar.

Al rato ya había oscurecido totalmente y utilicé el teléfono como linterna, al menos así servía de algo. Llegué por fin a una carretera. Debía de tener un aspecto lamentable con mi pelo enmarañado pegado a la cara por el sudor, mi ropa manchada de barro y musgo. Nadie que me viera, pararía. Pero por allí no pasaba ni un alma, así que caminé. Me dolían los pies y me rugía el estómago, llevaba horas sin comer y lo poco que había almorzado lo había echado en el bosque. Examiné los bolsillos de mi chaquetón a ver si por casualidad llevaba algo y gracias al cielo llevaba dos chocolatinas que estaban bastante derretidas pero que me supieron a gloria.

Después de una hora caminando, por fin, en medio de la creciente oscuridad, unas luces aparecieron a lo lejos ¡Un coche! ¡Mi salvación! Me coloqué en medio de la carretera y empecé a saltar y chillar como una loca. Y entonces paró. Corriendo, no quería que en el último momento el conductor cambiara de opinión, me senté en el asiento del copiloto. Ni siquiera me di cuenta de que el coche estaba en penumbra y no veía la cara del conductor. Cuando lo vi de verdad ya era demasiado tarde, aquella sonrisa blanca y brillante.

— ¿Me echabas de menos? — dijo con voz suave y dulce.

— Me alegra que nos hayamos encontrado de nuevo, ¿adónde te llevo? — preguntó riendo. Su sonrisa de estrella de Hollywood me puso más histérica de lo que ya estaba.

Intenté abrir la puerta, pero ya era demasiado tarde, le había echado el cerrojo y ya no tenía ninguna posibilidad de salir de allí. Con vida. Fue entonces cuando buscando en mi bolso encontré un jersey arrugado y dentro, escondido había un cuchillo, un enorme cuchillo ensangrentado. Y me acordé.

No estaba precisamente de vacaciones. Huía. Antes de salir corriendo de casa le había hecho una visita a mi vecina de enfrente. Fui a su piso para decirle que bajara la música, no sé por qué me dejó pasar. Estábamos en la cocina y ella, por supuesto, no la había puesto siquiera un poquito más bajo. Estaba demasiado ocupada cocinando algo. Pero no bajó la música en ningún momento. Ni siquiera me escuchaba. Ella me dijo que no lo haría, que podía hacer lo que le daba la gana, que era su casa. Me miraba con aire de superioridad, y me dijo que me largara, que estaba muy ocupada y no tenía tiempo para tonterías.

Pero yo también dejé de escuchar cuando vi el enorme cuchillo sobre la encimera. El odio y la rabia que sentía, y el no haber podido dormir en toda la noche por su maldita música, actuaron por mí. Lo cogí y antes de que esa zorra pudiera siquiera pestañear se lo clavé en el vientre con 8 una fuerza que no sabía que tenía. Una y otra vez, una y otra vez.

Ni siquiera me di cuenta de lo que estaba haciendo hasta que la vi tirada en el suelo, cubierta de sangre. Sus ojos estaban abiertos y me miraba con sorpresa hasta que exhaló su último aliento y su mirada se apagó. Antes de irme, desenchufé su cadena de música. Así ya no molestaría a nadie más.

Volví a mi casa, me quité la ropa manchada de sangre y me largué de allí. Y ahora estaba en un coche con un Norman cualquiera. El maldito karma. Tenía lo que me merecía. Pero ahora tenía un arma. Y ya había matado antes. Él no lo vio venir, se quedó tan sorprendido como yo cuando le clavé el cuchillo en el estómago. En ese momento sí que se le borró la estúpida sonrisa de la cara.

No creía que me quedaran fuerzas para hacerlo, pero supongo que la adrenalina puede con todo. Soltó el volante un momento y chocamos contra un árbol. Todo ocurrió muy deprisa, como a cámara rápida. Yo salí disparada desde el asiento del copiloto, mi cuerpo atravesó el cristal y caí contra el suelo varios metros delante del coche. Cerré los ojos y dejé que la oscuridad me llevara. Ya había estado antes en el infierno.

Imagen vía Pixabay


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