Cuentos por entregas | El faro de Eilean Mor #1

Publicado por Aran en

¡Feliz año! ¿Qué tal la Nochevieja? ¿Fueron buenos los Reyes Magos? Hoy, para empezar el año con buen pie, quería publicar un nuevo cuento por entregas. “El faro de Eilean Mor” está inspirado en los hechos reales que acontecieron en 1900 en la pequeña isla de Eilean Mor, Escocia. Un relato dramatizado sobre los hechos, y que obviamente, aunque esté inspirado en hechos reales, es inventado.
Espero que disfrutéis de ésta primera parte y que me contéis que os parece ¡Muchas gracias por leerme! ¡Nos vemos en la segunda parte!

Eilean Mor - Cuentos por entregas | El faro de Eilean Mor #1

 

La tormenta finalmente pasó, llevaba seis días de retraso y estaba preocupado por los tres hombres que habían pasado las navidades sin recibir el correo y las provisiones. Pero aquella tormenta había sido de las más violentas que había visto en su larga vida, y no iba a arriesgar ni su vida ni la de nadie por llegar a tiempo. Seguro que estaban bien, aquellos hombres eran fuertes y las habían visto peores.

Harvey iba con Moore, el hombre que tenía que sustituir a los tres que quedaban en la pequeña isla, Eilean Mor.

Moore, un hombre enjuto de barba castaña, se iba a quedar solo durante dos semanas y parecía nervioso, a pesar de que ya estaba más que acostumbrado a la soledad de aquella pequeña isla, en la que no podías hacer otra cosa más que ocuparte del faro, dar pequeños paseos, pararse a contemplar el furioso mar de invierno o quedarte leyendo a la luz de un candil.

Eilean Mor era demasiado pequeña, a pesar de ser la más grande de las islas Flannan. Allí el tiempo parecía estirarse y la sensación de claustrofobia aumentaba, incluso estando al aire libre, solo podías ver el mar.

Moore y Harvey navegaban en el Hesperus. Moore se mordía las uñas en la cubierta del barco. Harvey navegaba. Después de esos seis días que había tenido que quedarse en tierra, la isla le parecía más lejana y y extraña que nunca. Aquel barco de vapor les llevaba cada dos semanas el correo, las provisiones y al hombre que volvía de tierra firme para quedarse al cuidado del faro solitario que gobernaba la isla; construido hacía cinco años, en 1895, para guiar a los barcos que iban hacia el cabo de Wrath y el estrecho de Pentland Firth.

Otra de las cosas que les preocupaban era que el faro había estado apagado durante varios días, y eso, más la tormenta, no traía ningún buen presagio.

El hombre no paraba de pensar en todas aquellas supersticiones que rodeaban al conjunto de islas. Los nativos contaban leyendas que él siempre había considerado cuentos para no dormir. Incluso sabía que Ducat creía en aquellas historias ya que había pedido ser trasladado hacía poco. Tenía miedo.

Moore y Harvey fondearon el barco y se acercaron a la isla en un bote. El día era frío pero claro, el cielo se había despejado y el mar les había dejado acercarse a la isla sin ningún percance. Todo estaba de un azul sobrenatural. Aquel lugar era tan tranquilo que podías escuchar los latidos de tu corazón y a lo mejor, el de tu compañero. El silencio se rompía con el sonido de las olas golpeando la isla, y con algunas gaviotas que graznaban en la orilla. No se oía nada más y cualquier hombre acostumbrado a los ruidos de la ciudad podría volverse loco. No era el caso de sus compañeros; Marshall, Ducat y McArthur, que era tranquilos y silenciosos, y les gustaba jugar a las cartas, observar el mar en calma y leer libros de aventuras durante sus descansos.

Cuando llegaron a tierra hicieron sonar la bocina de llegada, pero al no ver a nadie acercarse al bote decidieran lanzar una bengala. Nada. Solo el graznido de las gaviotas. Moore y Harvey se miraron, no era normal. Cargando con las bolsas de las provisiones se dirigieron por el pequeño camino que llevaba de la costa al faro, que imponente, estaba construido en el centro de la isla.

— ¿Dónde están? ¿Por qué no han venido a recibirnos y a ayudarnos con las provisiones? — dijo el capitán. Llevaba una barba blanca y en su mirada se podían ver las arrugas de toda una vida dedicada al mar. Obviamente no esperaba recibir respuesta de aquel hombre, pero no pudo evitar preguntarlo.

El embarcadero se encontraba en perfectas condiciones, a pesar de la tormenta por la que acababan de pasar. Moore se fijó.

— Me extraña — respondió Moore — Están esperándonos desde hace días y siempre es una alegría ver a alguien.

— ¿Estarán enfermos?

— Puede ser. Si es así, se alegrarán más que nunca de volver a casa durante un par de semanas.

Subieron por las escaleras de piedra y se acercaron a la vivienda colindante al faro. La puerta estaba cerrada con llave. Antes de abrirla llamaron para avisar de su llegada.

— ¡Marshall! ¡Ducat! ¡McArthur! ¡Somos el capitán Harvey y Moore! — gritó Moore.

No hubo respuesta.

El capitán miró a su espalda a la pequeña extensión de tierra verde esmeralda de aquella isla. Le pareció sentir unos ojos puestos en ellos. Miles de ojos. Esperaba ver a alguno de los vigilantes del faro aparecer. Allí no había nadie. Moore abrió la puerta.

Allí dentro hacía más frío que en la extensión de la isla. Dejaron las bolsas en la entrada y se acercaron al pequeño y acogedor salón. La chimenea estaba apagada. El capitán llamó de nuevo a los hombres. Solo respondió el silencio.

Recorrieron las habitaciones. En el comedor, la mesa estaba puesta y la comida estaba intacta. Moore se acercó y cogió uno de los platos. Estaba helado.

— Se han ido — dijo con un nudo en la garganta.

— Las camas están deshechas — añadió el capitán, que volvía del dormitorio.


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