Toca las campanas | Cuentos breves #39

Publicado por Aran en

Hoy toca nuevo cuento breve. Éste lo empecé escribir hace mucho tiempo, pero por algún motivo no lo terminé y estoy decidida a ir terminando las historias que empiezo.

Espero que te guste y que me comentes que te parece.

¡Muchas gracias por leerme!

Toca las campanas
Photo by Patrick Baum on Unsplash

Toca las campanas

Hacía mucho que el pueblo había yacido bajo las aguas del embalse. Pero seguía presente. Cada vez que mirabas hacia la suave y tranquila capa de agua, allí estaba el campanario de la única iglesia. Alto, antiguo, vigilante. Esperando. 

Decía la leyenda que cuando se escucharan las campanas, él volvería. No habían sonado en más de cien años, por lo que para muchos, no sonarían jamás. Y suspiraban de alivio al saber que lo que estaba oculto bajo las aguas permanecería allí para siempre. Donde debía seguir.

La noche de los muertos de 1881 una joven apareció de la nada buscando refugio en el pueblo. Llamó a todas las casas y no recibió respuesta de ninguna. 

Había escuchado las leyendas y sabía de que tenían miedo, pero ella también estaba asustada y necesitaba ayuda. Había logrado escapar y no se iba a rendir ahora. 

Después de recorrer el pueblo gritando, se dirigió al apartado convento, a pesar de que era el último lugar al que le gustaría ir, ya que no había tenido una buena experiencia en un sitio como ese. Estaba oscureciendo y la luna llena iluminaba su camino. Tocó la campana de fuera varias veces, gritó que la dejaran pasar y miró hacia una ventana al ver movimiento, pero nadie abrió la puerta. 

Así que, desesperada, se dirigió al embalse. Todo estaba en calma. No se escuchaba siquiera un animal. 

Se subió a la única barca disponible y remó hasta el campanario. Podía ver la luna reflejada en el agua, que parecía de plata. Le recordó a los poemas que había aprendido cuando era una niña. Muchos hablaban de la belleza de la luna. Siempre había sido inspiración para poetas y amantes. 

Ahora le servía de faro para llegar hasta la vieja iglesia. 

Llegó sudando, agotada, esperando poder encontrar refugio allí. Dejó la barca atada a un saliente de metal y subió por las escaleras hasta lo más alto. 

Desde allí podía ver todo el embalse. Estaba tan calmado, ni siquiera había luces en el pueblo, que parecía un lugar abandonado. Y todavía no habían dado ni las diez. 

Lloró al sentirse allí tan sola, en aquel lugar alejado, como si no hubiera lugar para ella con los demás. Como si debiera estar toda su vida apartada. 

Se sentó en el hueco del muro a observar la luna sobre el lugar cuando notó que una sombra le pasaba por detrás. Giró la cabeza lentamente, temiendo que alguien la hubiera seguido, uno de los aldeanos que no le había dado refugio en esa noche clara y fría. Allí no había nadie, así que suspiró de alivio.

Su estomago rugió, no recordaba la última vez que había comido. Aquel convento al que la habían llevado contra su voluntad era un lugar infernal. Un sitio al que no volvería ni aunque fuera el último refugio sobre la tierra. 

Quería ser libre, encontrar un lugar al que llamar hogar y vivir del campo, de la tierra. 

Volvió a sentir que había alguien a su espalda, así que se giró de nuevo y esta vez lo vio. Una sombra, pero no era tan solo una sombra pues le habló con una voz profunda y de marcado acento.

—¿Por qué lloras?

Ella no respondió. No podía hablar. 

—No tengas miedo. No te haré daño.

No estaba tan segura de eso. 

—Toca las campanas y te daré todo lo que desees. 

Tembló. 

—¿Qué ocurrirá si lo hago?—dijo al fin. Había algo en aquel extraño que le daba confianza. 

—Serás libre. Yo también seré libre y podremos caminar juntos por la tierra. 

Ella no deseaba eso. Pero aquella sombra parecía triste y sintió lástima, ambos eran criaturas solitarias y habían sido apartadas del mundo por unos bastardos. En realidad, no sabía por que le habían encerrado a él. Tenía que ver con un pacto, pero no estaba segura de que las leyendas fueran del todo ciertas. Aún así, ella no quería compartir su vida con nadie. 

—Quiero caminar sola. 

Esperó a que aquella sombra se enfadara, cada vez que decía lo que realmente pensaba era lo que ocurría. Era uno de los muchos motivos por los que la habían encerrado entre cuatro frías paredes de piedra. 

—¿Eres una de las que llaman brujas?

Nunca la habían llamado bruja, pero podría ser. Hacía mucho que no se veían brujas. 

—Eso soy. 

La sombra dio un paso al frente. Sus ojos brillaban a la luz de la luna. 

—‘Una noche de plenilunio las campanas serán tañidas por una de las llamadas brujas y él volverá a caminar sobre la tierra’ dijeron. Y ese día ha llegado. 

—¿Por qué cree que lo haré? 

—Veo la desesperación en tu alma. No tienes nada que perder. 

—Las leyendas dicen que traerá el terror a estas tierras. La sangre regará los campos…

—¿Para qué querría yo eso? Tan solo quiero ser libre. Llevo demasiado tiempo solo en la oscuridad. 

No sabía si fiarse de él. No podía verle la cara. 

—Debe prometérmelo. No quiero más dolor y sufrimiento en el mundo. Ya hay demasiado. 

—A pesar de todo lo que has sufrido no deseas venganza. Te admiro por ello.

—¿Cómo sabe lo que he sufrido?

—Puedo escuchar tu alma. Grita. Está herida. Si tocas las campanas…

—No anhelo venganza. No serviría de nada. Así que prométame que no hará daño a nadie. 

—Lo prometo por mi alma. Por favor, toca las campanas. 

Ella se levantó despacio, temblaba. No sabía si debía creerle y hacer lo que le pedía o salir de allí sin mirar atrás. Pero eso ya había huido antes y eso la había llevado hasta allí. No tenía nada que perder, esperaba que estuviera diciendo la verdad, y que lo que había escuchado tan solo fueran exageraciones de los pueblerinos. Esos que le habían negado refugio.

Así que toco la mohosa cuerda con cuidado. Al principio las campanas no se movieron, estaban demasiado oxidadas. Había mucho tiempo desde la última vez que alguien las había tañido. La sombra no dijo nada, pero ella podía notar su desesperación. 

Después de varios intentos lo consiguió. Éstas empezaron a sonar con claridad, cada vez más fuerte. La sombra salió de su escondite y ella pudo ver un hombre de cabello largo y negro, palidez espectral y de aspecto refinado, ojos claros y transparentes como el agua del embalse. 

—Todas las almas están despertando. 

—¿Qué significa eso?

—Gracias. El mundo será mío. Nuestro. Y yo cobraré mi venganza con los descendientes de los que me hicieron esto.

Ella miró hacia el agua, la tranquila superficie se estaba moviendo, algo salía lentamente. Algo oscuro y peligroso. Había despertado a la bestia. 

—Yo no he pedido eso. Dijo que…

—Shhh…te daré un consejo— puso su dedo sobre los labios, sus ojos relucían a la luz de la lúgubre luna. Ahora su voz sonaba más clara y nítida—Nunca te fíes del diablo. 

Fin


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