Perfidia | Cuentos breves #10

Publicado por Aran en

Otro domingo, otro cuento breve escrito a la carrera, porque si no, no me daba tiempo a publicarlo esta semana. En este caso me he inspirado un poco en esta entrada que he publicado esta misma semana.

Espero que te guste y que comentes que te ha parecido.

¡Muchas gracias por leerme!

Perfidia
Photo by Tim Ruß on Unsplash
Perfidia

Había llorado mucho durante los últimos cuatro meses. Se había pasado la mitad del tiempo en la cama, sin ganas de hacer nada, aunque hablaba con su madre a diario. 

Un día ésta le dijo que iba a donar las cosas de su padre a la Iglesia, que lo había metido todo en cajas, que se pasara a mirar si quería algo. 

Al principio se cabreó pero después de reflexionar se dio cuenta de que era su madre la que tenía que vivir rodeada por todas esas posesiones, todo lo que su padre había acumulado a lo largo de los años. 

Cuando llegó a la casa su madre había puesto las cajas en el salón y había más de doce. Todo lo que su padre era había sido reducido a una docena de cajas de cartón, de esas que se usaban para las mudanzas. Como si se hubiera ido a vivir a otra ciudad. Como si necesitara todo eso en el otro lado. 

No le apetecía mirar nada. Se quedó mirando a su madre mientras preparaba el café. 

— Hay otra en la buhardilla —. Le dijo con calma cuando apareció en el enorme salón con una bandeja con café y unas galletas. 

— No sé si tengo ganas de mirar nada ahora. 

— Quédate a dormir esta noche y mañana les echas un vistazo antes de que vengan los de la Iglesia a llevárselo todo. 

Como no tenía ganas de quedarse a pasar la noche decidió ir a echar un vistazo a la caja de la buhardilla. 

La casa parecía vacía sin aquella risa escandalosa, y esa voz potente que siempre estaba contando anécdotas de su época de vendedor ambulante. Todo el mundo se reía con sus gracias. Era el alma de cualquier fiesta. El alma de aquella casa ahora embrujada. 

Se puso a llorar de nuevo. Le echaba tanto de menos que le dolía el pecho. 

Pensó que seguramente su madre acabaría vendiendo la casa, el hogar de su infancia, de las fiestas de verano en el jardín. Era demasiado grande para una sola persona. Tres pisos más la buhardilla y el sótano. Era para volverse loca. 

Entró en el ático, allí había varias cajas con los adornos de Navidad, ropa de cuando era bebé, fotos antiguas, ropa de la juventud de su madre y todo tipo de baratijas. 

La caja de su padre estaba en medio de todo el batiburrillo, un rayo de luz de la única ventana de la habitación le daba de lleno, como si fuera una revelación, un objeto místico. 

No pesaba mucho, así que la colocó en el suelo y se sentó a su lado esperando encontrar tesoros que poder quedarse como recuerdo. 

Había una caja de zapatos con fotos de la infancia de su padre y las cartas que su madre le enviaba cuando eran novios. Sonrió. 

También había una caja de madera con un candado. Rebuscó entre las cosas pero no encontró la llave. Le preguntó a su madre si la tenía y ella le dijo que la abriera con unos alicates. 

Quería estar sola al abrir la caja, no sabía porque pero necesitaba saber que había antes de enseñárselo a su madre. 

Rompió el candado y la abrió cuidadosamente como si se tratara de la caja de Pandora, y de algún modo, lo era. 

Al principio no entendió lo que estaba viendo. Había recortes de periódico de los años cincuenta y sesenta. Le sonaba aquello, un asesino en serie que se dedicaba a matar a mujeres y dejaba sus cadáveres en los arcenes de las carreteras. Nunca le cogieron por lo que se convirtió en uno de los casos mas mediáticos y famosos de la historia. Un auténtico mito de la maldad humana. Todavía se hablaba de él en televisión, se seguían publicando libros con diversas teorías de quien podría el asesino, de sus motivos, del porque de la elección de esas mujeres ¿había estado su padre investigando el caso? ¿o acaso conocía a alguna de las víctimas? 

Parecía que era lo segundo puesto que en una fotografía su padre aparecía con una mujer que a ella le resultaba familiar. Fue la primera. 

Le dio un vuelco el corazón, él la había conocido. Debió haber sido muy duro para él. Y nunca la había nombrado, ni había dicho nada al respecto, ni siquiera a la policía. Al menos que ella supiera. 

Siguió mirando los recortes y se tocó el colgante. Se quedó paralizada. Tragó saliva. Volvió a mirar la foto, aquella mujer llevaba el mismo colgante. Una pequeña piedra blanca engarzada en oro. Recordó el día en que se lo regaló su padre, cumplía dieciséis años y le pareció la joya más bonita que jamás había visto, no se lo había quitado desde entonces. Podría ser una casualidad, podría ser que su padre viera el colgante de su aquella mujer y le preguntara donde lo había comprado. Pero algo le decía que estaba siendo ingenua. 

En una pequeña bolsa de tela había una alianza de oro y un mechón de pelo negro. En un sobre había guardado una tarjeta de visita y otra alianza. En otro sobre encontró una nota escrita por otra de las víctimas. Iba dirigida a su padre, era para encontrarse en la habitación de un motel de carretera. Estaba firmada con un beso. También había un frasco antiguo de perfume. Era a lo que olía toda la caja. 

Dio un grito ahogado. Las lágrimas empezaron a asomar por sus ojos. No se lo podía creer. No podía ser real. Su padre no era ese ‘monstruo’. No lo era. Todo lo que había en esa caja era circunstancial y no probaba nada. Se lo repitió una y otra vez mientras miraba fotos de uno de los cadáveres tapado con una manta, la que había aparecido en todos los periódicos. 

Abajo podía escuchar a su madre escuchando la radio. Sonaba una canción alegre de los cincuenta y ella la tarareaba ¿Lo sabía? ¿Sabía lo que había en aquella caja? ¿Sabía lo que había hecho su marido? ¿Lo que había estado ocultando durante todos esos años de feliz matrimonio?¿La terrible verdad? Lo dudaba. La conocía bien. Aunque también había creído conocer a su padre y se había llevado una sorpresa muy desagradable. 

Tenía que tomar una decisión. 

Lo volvió a guardar todo en la caja y la cerró. No quería saber nada de lo que había ahí dentro. No quería volver a verlo. 

Se quedó allí parado mirándola. Parecía tan inocente, tan solo era una caja antigua, una caja que contenía maldad. 

Se secó las lágrimas y bajó las escaleras. 

— ¿Has encontrado algo interesante? — Le preguntó su madre. 

Ahora la veía más joven, más luminosa, más libre. La miró a los ojos y por un momento le pareció que ella sabía lo que acababa de ver. Le dio la sensación de que siempre lo había sospechado. De que había vivido con ese miedo toda su vida. Pero le asustó preguntar. Temía confirmar una vez más lo que había visto en esa caja ¿Debería decírselo? ¿Debería ir directamente a la policía? 

Guardaría la caja y se lo pensaría. Más adelante decidiría que es lo que quería hacer. Su madre no tenía porque enterarse ahora. 

— No, no hay nada que merezca la pena guardar. 

Fin


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