La casa de los magnolios | Cuentos breves #23

Publicado por Aran en

Nueva semana y nuevo cuento breve. En esta ocasión no sé de donde saqué la inspiración, pero lo que sí sabía es que quería escribirlo desde hacía tiempo y a pesar de que no es la historia más original del mundo me gusta el resultado. Y por eso lo publico en esta nueva entrega de ‘Cuentos breves‘.

Espero que te guste.

¡Muchas gracias por leerme!

La casa de los magnolios: Cuentos breves #23
La casa de los magnolios

La casa estaba apartada, casi oculta entre los árboles. A pesar de ser una casa grande, era difícil verla en un primer momento. El chófer la había recogido de la estación de tren hacía casi una hora y el paisaje que había pasado ante sus ojos había sido en su mayoría campos de pasto y árboles, miles de árboles. 

Por eso cuando el conductor le dijo que ya habían llegado pensó que se había equivocado, hasta que miró mejor y vio una ventana entre las ramas de un magnolio, desde donde la observaba una figura. 

La casa había resultado ser más acogedora de lo que parecía desde fuera, a pesar de lo oscura y lo grande que era. 

Ella había ido allí como institutriz para enseñar al niño pequeño, que había resultado ser muy dulce y educado. No había tenido buenas experiencias antes así que había esperado que el niño empezara a mostrar su verdadera personalidad, pero no fue así por que el niño ya había mostrado su verdadera personalidad, y era dulce y encantador como un niño pequeño puede ser. 

Lo único que le había parecido extraño era que le habían prohibido ir al pueblo, por un atajo estaba a media hora de camino y alguna vez había pedido acompañar a la cocinera a hacer la compra, pero la respuesta siempre había sido fría y contundente. 

Siempre comían las frutas de los árboles del jardín y guiso de conejo. En el jardín también tenían un huerto por lo que la cocinera no iba a menudo al pueblo y además un granjero les traía la leche cada día. 

Así que ella no había visto a nadie desde que estaba allí. Ni siquiera había vuelto a ver al conductor. La familia no recibía visitas ni iba a visitar a nadie. 

Un día había visto desde la ventana de su dormitorio a un par de hombres en el camino, cuando bajó a preguntar que  era lo que querían, habían desaparecido y en la puerta encontró una cesta con comida. Habían dejado una botella de leche, pan, queso, unos bollos caseros, un pollo entero, un pastel de grosellas, una botella de vino, huevos frescos, jamón y mantequilla. 

Ella lo cogió y le metió en la cocina. Allí no había nadie. 

La casa estaba vacía, no sabía donde se habían metido todos, así que decidió caminar hasta el pueblo. 

Llegó a través del camino del bosque y tardó menos de lo que esperaba. El pueblo era pequeño y acogedor, la calle principal tenía una tienda de ultramarinos, una mercería y un bar. La gente que estaba en la calle dejó lo que estaba haciendo para mirarla. Escuchó cuchicheos mientras recorría la calle y empezó a sentir miedo. Una mujer mayor se le acercó. 

— ¿Está bien querida? —. Le preguntó. 

— ¡Es la loca de la casa deshabitada! —. Gritó un chico y otros rieron. 

Unos hombres salieron del bar. 

— ¡Calla muchacho! —. Dijo un señor. 

— ¡La loca de la casa deshabitada! —. Gritaron los jóvenes al unísono y comenzaron a reír de nuevo. 

— ¿Necesitas ayuda? —. Le preguntó la mujer. 

Ella negó con la cabeza y salió corriendo. Quería volver a la casa, al lugar donde se sentía segura. Había sido muy mala idea ir al pueblo, ahora sabía por qué. Había gente amable, de eso no cabía duda, pero sentía que no era su lugar. Ella pertenecía a la casa de los magnolios. 

Cuando llegó al camino de entrada se quedó parada. Algo había ocurrido en su ausencia. El lugar estaba prácticamente en ruinas. Entró corriendo en lo que quedaba de la casa. Allí no encontró a nadie, solo la maleza que se había adueñado de una casa que se desmoronaba. 

Subió con cuidado las escaleras, llamando al pequeño o a la señora de la casa. Pero estaba claro que allí no había habido nadie en mucho tiempo. 

El techo se había caído y un pájaro había construido su nido en una de las vigas. El lugar olía a humedad. Lo único que parecía no haber cambiado eran los magnolios de la entrada. 

Recorrió lo que pudo en silencio, con lágrimas en los ojos. En un rincón encontró un conejo de felpa, estaba medio podrido por la humedad pero aún así lo cogió y lo abrazó mientras lloraba en silencio. 

En otro lugar, escondido, había un pequeño catre y debajo estaban todas sus cosas, incluida la cesta de comida que esos hombres habían llevado esa misma mañana. 

Cuando salió la mujer que había visto en el pueblo estaba esperándola. 

— ¿Qué es lo que ha ocurrido? —. Le preguntó a la señora.

— Fue durante la guerra. Lleva así muchos años. 

— No es posible. Yo estaba viviendo ahí, con la familia ¿Qué ha sido de ellos? ¿Dónde han ido? 

— Todos murieron. Dicen que la casa está encantada, que sus fantasmas habitan en ella. 

Ella comenzó a llorar, incapaz de entender lo que acababa de pasar. Había estado viviendo con fantasmas, estaba loca y no sabía lo que iba a hacer ahora. Estaba perdida. 

La señora le puso la mano en el hombro y se quedó con ella mirando la casa en ruinas. 

— Ven conmigo querida, necesitarás una taza de té. 

Fin


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