El rastro fantasma | Cuentos breves #9

Publicado por Aran en

Semana 9 y Cuento breve número 9. Quería escribir una historia con algo de misterio, el típico pueblo que esconde algo con un poco de novela policíaca, que es tipo de historia que no escribo nunca.

Al final esto es lo que ha salido, algo totalmente inesperado. Porque cuando te dejas llevar sin tener una idea clara ocurren cosas así, y aunque no estoy muy contenta con el resultado final, ya que es mejorable, he decidido publicarlo de todas maneras.

Espero que te guste ¡Muchas gracias por leerme!

Cuentos breves: El rastro fantasma
Photo by Eduard Militaru on Unsplash
El rastro fantasma

Las huellas la llevaron a un pequeño pueblo alejado de la civilización que parecía esconderse de cualquier extraño, le había costado tres días encontrarlo puesto que no aparecía en ninguno de sus mapas. 

El cartel de bienvenida estaba tan desgastado que no pudo leer el nombre. Recordó que su marido y ella habían pasado un verano en aquella costa hace años, aunque no en aquel pueblo, si no en uno más cercano a la ciudad. 

Aparcó el coche en la única calle, desde donde se podía ver el mar. En su mente calificó el lugar como ‘pintoresco’ y le pareció el perfecto escondite para alguien que no quería ser encontrado. Pero ella lo había hecho. Ese era su trabajo. Encontrar gente. Y era muy buena. La mejor.

Al acercarse a una de las casas de piedra le pareció que estaba vacía, abandonada a su suerte, aunque había visto salir humo de varias chimeneas. 

Llamó a la puerta roja y a los pocos segundos salió una mujer anciana vestida de negro y fumándose una pipa. 

— Disculpe las molestias —. Empezó. — ¿Podría hacerle unas preguntas? 

La anciana asintió mostrando su boca desdentada. 

La detective sacó unas fotografías y se las enseñó. 

— ¿Ha visto usted a este hombre? 

La mujer negó con la cabeza y se dispuso a cerrar la puerta. Pero ella no se rindió. 

— Llevo meses buscándole. Es muy peligroso. 

La anciana volvió a negar con la cabeza y esta vez cerró la puerta en sus narices. La detective se quedó en la puerta y se dio la vuelta, dispuesta a ir de casa en casa y mirar en las cuevas de los acantilados si era necesario. 

Aquel hombre se había librado de cumplir condena por el asesinato de cinco niños y dos agentes de policía, y ella no iba a permitir que siguiera viviendo en libertad. En su mente le veía pudriéndose en una celda. Eso le hizo sonréir. 

Cuando se dirigía a otra de las casas, le pareció que había alguien observándola, vigilando cada uno de sus pasos. Se dio la vuelta disimuladamente pero el lugar parecía estar vacío. Seguramente la estarían mirando desde las casas, algunas tenían las ventanas rotas y parecían quemadas pero otras estaban en perfecto estado. Supuso que no habría muchos habitantes, y no era lo que se esperaba cuando recibió la llamada con las coordenadas. Al principio no entendía lo que eran aquellos números, era tarde y se acababa de quedar dormida. Creyó que se trataba de una broma hasta que buscó los números en un mapa. Era justo la pista que necesitaba y llegaba en un momento de absoluta desesperación. Llevaba demasiado tiempo tras una pista, la que fuera, antes de que le llegara la jubilación. 

Había mirado en el mapa y a pesar de ser una persona con un gran sentido de la orientación se había perdido varias veces y le había costado mucho llegar hasta allí. Ahora no se iba a rendir tan fácilmente. 

Se quedó mirando el mar, nubes de color violeta se arremolinaban a lo lejos y comenzaron los haces de luz y las olas comenzaron a rugir, furiosas. 

En la segunda casa en la que probó no había nadie, a pesar de que había visto moverse la cortina de la ventana del segundo piso. 

Había un atmósfera extraña, sentía algo que no podía explicar, nunca se le habían dado bien las palabras y en ese momento tenía la sensación de que no debería estar allí. 

La tormenta estaba acercándose peligrosamente a la costa, podía escuchar los truenos a lo lejos. Olía la tormenta. 

Vio un niño correr calle arriba y le llamó, pero el chiquillo la ignoró y ella decidió seguirle. 

Ya no estaba en tan buena forma como antes, había perdido resistencia así que se paró un segundo a coger aliento. Cuando alzó la vista vio al niño atravesar un pequeño cementerio. Las lápidas estaban desgastadas por el tiempo y cubiertas de maleza, algunas incluso estaban rotas.

Casi todas las fechas coincidían en una fecha de hace ochenta años. 

No había flores frescas, ni siquiera quedaban esos ramos de flores muertas que se ven en todos los cementerios. No había pasado nadie en mucho tiempo. 

Escuchó un ruido a su derecha y vio al niño saltar el murete que lo rodeaba y que estaba prácticamente en ruinas. 

Le siguió y le vio correr por un campo abierto. La tormenta había llegado al pueblo y les alcanzaría pronto, y si había algo a lo que no estaba dispuesta era a estar a campo abierto en medio de una tormenta. 

Puede que el niño la estuviera llevando hasta una muerte segura, hasta el hombre que perseguía o simplemente le estuviera gastando una broma. 

Se dio la vuelta, la tormenta había llegado ya y estaba descargando toda su furia sobre el cementerio. 

Corrió hasta el coche y encendió la calefacción, la temperatura había bajado varios grados y estaba oscuro. Parecía que la noche había caído sobre el pueblo. Los rayos iluminaban las casas y uno de ellos cayó sobre un árbol, que comenzó a arder. 

Ella se asustó. No sabía si quedarse o esperar a que terminase la tormenta. Le costó varios segundos decidirse. Arrancó el coche y se volvió por el camino, ahora embarrado hasta el pequeño hotel de campo donde se había alojado. 

No era muy tarde así que llamó a su marido. 

Le contó lo que había pasado. 

— ¿Qué has estado en dónde? Ese lugar está en ruinas. 

— Estaba muy descuidado pero supongo que la gente que vive allí debe de ser muy pobre. 

— Allí ya no vive nadie cariño. Desde que se quemó hace ochenta años. Murieron todos sus habitantes. 

Ella se quedó callada. 

— No puede ser. Debes de estar equivocándote de lugar. He visto a una mujer anciana y a un niño. No está vacío ni quemado. Él está allí escondido, en algún lugar, estoy segura. 

— Es allí, lo recuerdo muy bien. Nos lo contó uno de los guías. Ya nadie pasa por allí. La gente cree que está maldito. Supongo que será un buen escondite pero no creo que haya ningún habitante. 

Esa noche tuvo un sueño extraño. Vio al hombre al que llevaba tiempo persiguiendo en la playa, caminando hasta el mar en medio de la tormenta, las olas se agitaban a su alrededor. Ella gritaba desde la arena pero él no podía oírla. Ni siquiera ella podía oírse a sí misma. Cuando al fin él se dio la vuelta ella se despertó sudando.

Al día siguiente volvió a hacer el mismo camino y a pesar de haberlo hecho el día anterior se perdió de nuevo. 

El pueblo parecía diferente, los techos de las casas estaban chamuscados, había algunas en ruinas, cubiertas de plantas salvajes. Gritó ‘Hola’ por si alguien podía oírla, pero estaba claro que allí no había nadie. 

Miró en la casa de la señora que le había abierto la puerta, por dentro estaba chamuscada y húmeda, con las paredes cubiertas de moho. El olor era nauseabundo. Allí no había vivido nadie en décadas. 

¿Qué era lo que había visto el día anterior? Ella no creía en fantasmas pero aquella atmósfera…Su corazón comenzó a latir con fuerza, se estaba quedando sin respiración, sentía que le estaba dando un ataque. 

Se metió en el coche y no arrancó a la primera. Golpeó el volante y sonó el cláxon. Se asustó de el pitido. 

Miró por el espejo retrovisor y le pareció ver a alguien, una silueta se recortada a su lado. El niño. El corazón le dio un vuelco y por fin logró arrancar el automóvil. 

Al salir con el coche miró hacia el cementerio, allí en lo alto y le vio. Al hombre que llevaba tanto tiempo buscando, estaba de pie, mirando en su dirección. 

Dio un grito ahogado, pues en su mente le vio también colgado del único árbol del camposanto. Fue solo un momento, como si un rayo hubiera caído a su lado y le hubiera iluminado la mente. Pero vio perfectamente su rostro amoratado, la lengua fuera, sus pies meciéndose con el viento. Esa imagen la perseguiría siempre. 

Se alejó de allí para no volver jamás. Aquel hombre estaba muerto. Llevaba muchos años muerto. Pero al menos ahora sabía la verdad. Ya no importaba si había sido suicidio o asesinato. No volvería a hacer daño a nadie. 

Suspiró aliviada. 

Fin


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